La tragedia de Las Goteras: el oscuro episodio de la ingeniería hidráulica en Vilaflor de 1950

La tragedia de Las Goteras: el oscuro episodio de la ingeniería hidráulica en Vilaflor de 1950

Recurso: Diario de Avisos

El colapso de la galería de agua Las Goteras en Vilaflor en 1950, que se saldó con cinco fallecidos, permanece como un trágico símbolo de la precariedad y los riesgos laborales en la historia de la ingeniería hidráulica en Tenerife.

La memoria colectiva de Vilaflor guarda una cicatriz indeleble que, más de setenta años después, sigue siendo un referente sombrío sobre la precariedad laboral en la historia de la ingeniería hidráulica canaria. Tal y como recoge la documentación histórica sobre el suceso, el 26 de agosto de 1950 se convirtió en una fecha fatídica tras el colapso de la galería de agua conocida como Las Goteras o La Milagrosa, un episodio que se saldó con un balance de cinco víctimas mortales y que pone de relieve la peligrosidad extrema de las labores de extracción de recursos hídricos en el subsuelo de Tenerife durante el siglo pasado.

El origen del siniestro se remonta a la jornada del 25 de agosto, cuando tres operarios accedieron a la infraestructura. La falta de retorno de los trabajadores activó una alerta que derivó en un primer rescate, logrando extraer con vida a Antonio Cano Martín, aunque con síntomas evidentes de intoxicación. En aquel primer momento, el joven Emilio Quijada González, de 19 años, perdió la vida en el interior del túnel, mientras que Francisco Fumero Fumero quedó atrapado en las profundidades.

La tragedia se agravó al día siguiente, cuando una expedición de auxilio —integrada por Antonio Cano Oliva, Miguel Cabrera Tacoronte, Francisco Delgado Valentín, Francisco León García y Jesús Reverón Tacoronte— intentó recuperar el cuerpo de Fumero. Durante el avance en vagoneta, un vuelco provocó la rotura de los conductos de ventilación, exponiendo a los rescatadores a los gases tóxicos que caracterizaban a esta galería. Este incidente causó el fallecimiento de Cano Oliva y Cabrera Tacoronte, mientras que sus tres compañeros lograron salir con vida, no sin dificultades extremas.

La magnitud del suceso obligó a la Guardia Civil a establecer un cordón de seguridad en la boca del túnel para evitar nuevas incursiones temerarias. La recuperación de los restos mortales fue un proceso dilatado: los cuerpos de Cano Oliva y Cabrera Tacoronte no fueron extraídos hasta el 3 de septiembre, mientras que los restos de Francisco Fumero permanecieron en el subsuelo durante cinco meses, siendo rescatados finalmente el 26 de enero de 1951.

Este suceso no fue un hecho aislado, sino una consecuencia directa de las condiciones de trabajo en una red de galerías que, según los registros técnicos del Consejo Insular de Aguas de Tenerife, carecía de los protocolos de seguridad modernos. La muerte de Miguel Cabrera Tacoronte, quien dejó ocho hijos, y el resto de los fallecidos, simbolizan el alto coste humano que supuso la búsqueda de agua en la isla, un sector donde la exposición a emanaciones tóxicas sin protección adecuada marcó una etapa oscura en la seguridad laboral de la posguerra española.