
Vicácaro: Tradición y jable en las medianías de Granadilla.
Vicácaro, un tranquilo barrio de autoconstrucción en las medianías de Granadilla de Abona, Tenerife, preserva su esencia rural y cultura del jable frente al desarrollo turístico costero.
El sur también existe, como bien decía Mario Benedetti. Pero no siempre es ese lugar de sol y playa que la mayoría imagina. Un buen ejemplo es Vicácaro, uno de los trece barrios de Granadilla de Abona. Situado en las medianías del municipio, muy cerca del casco histórico, este pequeño pueblo es un rincón tradicional de la isla. Aquí, las casas se construyeron con esfuerzo propio y la vida giraba en torno al autoconsumo. Además, ha recibido a gente de otras islas, especialmente de La Gomera, y a algunos extranjeros que han decidido quedarse.
«Aquí podemos pasar de cinco grados en invierno a 42 en verano», nos cuenta José Martín, un vecino. Su frase deja claro cómo el clima, con sus vientos a veces helados (como el día de nuestra visita, a pesar del sol), marca el ritmo de vida en Vicácaro.
Antiguamente, Vicácaro era una zona importante para el cultivo de papas, aunque hoy «cada vez menos gente trabaja la tierra», lamenta Pepe Martín. También es un lugar clave para entender la 'cultura del jable': esa arena volcánica, entre blanca y amarillenta, que el viento mueve con facilidad. Se usaba para cubrir los cultivos y mantener la humedad, y ahora forma parte inseparable del paisaje.
Hoy, muchas de las huertas que antes estaban llenas de vida, con papas, cebollas, ajos, cilantro, perejil, judías o guisantes, son ahora terrenos sin cultivar. «Todo lo que nos hace falta para hacer el potaje», dicen nuestros anfitriones, se cultiva en pequeños trozos de tierra alrededor de la casa, solo para consumo propio. La razón es clara: «el campo es muy sacrificado y poco rentable; no se puede vivir de él».
Pepe insiste en que Vicácaro es «el mejor lugar del mundo para vivir» por la «tranquilidad» que ofrece, «visto lo que hay por ahí fuera». Destaca que «aquí hay calidad de vida», y como prueba, menciona a su madre, Carmen, que a sus casi 92 años se mantiene en plena forma. Su mujer, Ángeles, asiente.
La pareja asegura que la población apenas ha crecido en los últimos cinco años. Esto se debe, principalmente, a que no se puede construir casi nada nuevo, ya que el pueblo está en suelo rústico. «Han venido muchos, sobre todo extranjeros, a comprar las casas, pero la gente no se quiere ir», comentan. Este estancamiento contrasta con el crecimiento explosivo de todo el municipio de Granadilla, que cuenta con 59.000 habitantes según el INE y 72.000 empadronados.
Ángeles y Pepe llevan juntos desde 1986. Tienen dos hijos, de 26 y 23 años, que aún viven en la casa familiar. Una vivienda que construyeron ellos mismos, ladrillo a ladrillo, con mucho esfuerzo desde 1990, y que todavía no está del todo terminada. De dos plantas y con un gran salón, como es habitual en las casas de autoconstrucción, es una de las pocas viviendas dispersas por la zona.
El sueño de la pareja sería restaurar una antigua casa cercana a la suya, que también compraron. Data de 1867 y es una de las muchas viviendas de más de dos siglos que aún se conservan en la zona. Pepe Martín recuerda «la de María Reyes», que «vivió cerca de un siglo» y se alza entre huertas y bancales. Entrar en estas casas es viajar al pasado: suelos de arcilla roja (que ya no se fabrican), el típico aljibe en el patio y tejas tradicionales. Recuperarlas no es sencillo, entre otras cosas, por los permisos y la supervisión técnica que exige el área de Patrimonio Histórico del Cabildo de Tenerife.
El nombre de Vicácaro (que también se escribe con 'b') proviene de una pequeña planta autóctona. Sin embargo, los vecinos no saben por qué el barrio se llama así. Quizás se refiera a lo 'chiquito' de esta baya endémica, lo que encajaría con el tamaño de la zona en comparación con el resto de Granadilla de Abona, a pesar de su cercanía al casco.
Pepe y Ángeles están de acuerdo en que la accesibilidad y los servicios han mejorado mucho. Él recuerda que de niño, con poca lluvia, el camino a casa se inundaba y no podía pasar. Ahora, «tenemos casi de todo en ese sentido». Reconocen que «partíamos prácticamente de cero».
El ocio y el deporte también están cubiertos gracias al centro social y el polideportivo anexo. La ermita cercana, inaugurada en 2011 bajo la alcaldía de Carmen Nieves Gaspar, es el corazón de este pequeño pueblo.
Vicácaro limita con la carretera general del sur y los barrancos de Usasa y Perico. Este último lleva ese nombre porque en su parte alta se encontraba la venta de Perico, «el padre de Pepe Casanova, el maestro», como aclaran los vecinos.
Dentro de este perímetro, hay algo más de 70 viviendas de autoconstrucción que albergan a un centenar de familias y cerca de 400 vecinos. A kilómetro y medio del casco de Granadilla, con una altitud máxima de 620 metros, Vicácaro celebra sus fiestas en mayo en honor a la Santa Cruz. Forma parte de las medianías del municipio, junto a otros núcleos como La Higuera, Las Palomas, Las Vegas, Los Blanquitos, Chimiche o Los Llanos.
Desde el puente de Perico, Domingo, otro vecino, y el concejal Marcos Antonio Rodríguez recuerdan cómo la construcción de la autopista TF-1 (que este año cumple 50 años desde que se empezó a construir en 1976) cambió el centro económico del municipio, de las medianías a la costa. «La actividad se mudó porque la gente dejó de pasar por aquí», afirman, refiriéndose a la antigua carretera general del sur. Esto significó «la muerte de los negocios» locales.
Esta conversación nos lleva a recordar cómo el pueblo pasó de depender de la agricultura (con cultivos extensivos en invernaderos, como la finca de los Bonis) a los servicios turísticos. Este cambio trajo un crecimiento enorme de población y negocios, especialmente en San Isidro (una ciudad dormitorio que sigue creciendo) y El Médano, con su mezcla creciente de residentes nacionales y extranjeros. Mientras tanto, Vicácaro quedó, más que vacío, 'congelado' en su demografía y forma de vida.
Las medianías, aunque alejadas de las zonas turísticas costeras por la compleja geografía de la isla, también existen. Son dos realidades muy distintas, a veces opuestas y otras complementarias, pero siempre presentes. Así es la vida en las medianías de ese 'otro' sur de Tenerife.
Pepe Martín ha vivido sus 58 años en Vicácaro. Sus hijos representan, al menos, la cuarta generación en el pueblo. Actualmente, está de baja por salud de su trabajo en el servicio de mantenimiento del Ayuntamiento de Granadilla. Recuerda con nostalgia la dura tarea de picar el jable en verano, sacándolo de la piedra «a pico y pala», una labor que fue parte de una industria próspera. «Todo lo sembramos nosotros», dice con orgullo este amante de las motos.
La sonrisa de Ángeles ilumina la estancia, tras la amabilidad con la que nos ofrece un café, muy de agradecer en una mañana fría. Más relajada, nos cuenta que nació hace 55 años en el cercano San Miguel de Abona, parte de la tradicional migración de gomeros al sur de Tenerife. Hace seis meses dejó su trabajo de décadas como cocinera en hostelería para dedicarse por completo a su hogar. Aunque ella no come carne, dicen que prepara el mejor cabrito de toda la comarca.