Valle Brosque: el aislamiento y la falta de infraestructuras en la periferia de Santa Cruz de Tenerife

Valle Brosque: el aislamiento y la falta de infraestructuras en la periferia de Santa Cruz de Tenerife

Recurso: El Día

Los vecinos del enclave de Valle Brosque, en Santa Cruz de Tenerife, denuncian un histórico abandono institucional y la falta de infraestructuras básicas en una zona del Parque Rural de Anaga marcada por el aislamiento y la degradación del entorno.

La brecha entre la capitalidad administrativa y la realidad de los núcleos rurales periféricos vuelve a ponerse de manifiesto en el municipio de Santa Cruz de Tenerife. Tal y como recoge una reciente crónica publicada por Diario de Avisos, el enclave de Valle Brosque, situado en las inmediaciones de María Jiménez, ejemplifica la desconexión entre las políticas municipales y las necesidades de los residentes en zonas de especial protección, como el Parque Rural de Anaga.

El análisis de la situación en este asentamiento revela una contradicción estructural: mientras el entorno natural es un activo de alto valor ecológico, la gestión administrativa ha derivado en un progresivo aislamiento. Los residentes, apenas cuarenta personas, denuncian una desatención histórica que se traduce en carencias básicas de infraestructura. La más crítica es la ausencia de un paso seguro que conecte las dos vertientes del barranco que atraviesa el caserío, obligando a las familias a utilizar pasarelas precarias para transitar por su propio barrio.

A esta deficiencia se suma el impacto de la flora invasora, concretamente el Pennisetum setaceum o rabo de gato. La proliferación descontrolada de esta especie no solo ha alterado el paisaje, sino que ha desplazado la actividad agrícola tradicional que, décadas atrás, convertía a este valle en un centro de abastecimiento de productos hortofrutícolas para la capital tinerfeña. La pérdida de este tejido productivo, junto con el abandono de inmuebles por parte de propietarios ausentes o herederos, ha dejado un rastro de viviendas deshabitadas que, paradójicamente, no salen al mercado inmobiliario, dificultando el relevo generacional.

No obstante, el tejido social de Valle Brosque muestra signos de resiliencia. La reciente organización de sus primeras fiestas patronales en honor a la Virgen de Fátima —impulsadas por la creación de una pequeña capilla comunitaria hace dos años— ha servido como catalizador para reivindicar mejoras ante el Ayuntamiento. Gracias a la labor de la asociación vecinal, se han logrado avances puntuales, como la ampliación de las frecuencias de transporte público, la instalación de marquesinas y la mejora del tendido eléctrico.

El debate de fondo, sin embargo, trasciende las mejoras materiales. Los vecinos señalan una disparidad en la gestión del Parque Rural de Anaga, comparando la situación de los sectores bajo jurisdicción santacrucera con los pertenecientes al municipio de La Laguna, a los que perciben con una mayor dotación. Esta percepción de desigualdad se agrava al considerar que, a pesar de la cercanía geográfica con el centro urbano, los residentes carecen de servicios esenciales como comercios de proximidad o zonas de ocio infantil, lo que obliga a una dependencia constante del vehículo privado.

La situación de Valle Brosque plantea un interrogante sobre el modelo de desarrollo sostenible en Canarias: ¿es compatible la preservación de un espacio protegido con el derecho a unos servicios públicos equiparables a los del núcleo urbano? La respuesta, por ahora, se dirime entre la voluntad de los vecinos por permanecer en su entorno y la necesidad de una intervención administrativa que, más allá de las promesas de centros culturales, garantice la seguridad y la habitabilidad de un enclave que, pese a su proximidad a la ciudad, se siente, en la práctica, en la periferia de la gestión pública.