Rumiar: la parálisis del pensamiento

Rumiar: la parálisis del pensamiento

Recurso: Diario de Avisos

El artículo compara la rumiación biológica de las vacas con la parálisis mental humana, alertando sobre cómo el exceso de pensamiento repetitivo impide avanzar y aceptar la vida.

Ese movimiento suave, esa espiral de hierba y saliva, ese ir y venir constante y perfecto en su monotonía, como si cada bocado fuera una meditación. Las he visto muchas veces al lado de una autopista, sin importarles el ruido, con la mirada perdida, como alguien que se despierta temprano y aún no enfoca bien. Pastan con paciencia, como si supieran que no vale la pena seguir el ritmo acelerado de nuestras vidas. O tal vez entienden que, aunque nada tenga sentido, hay que seguir masticando.

Me quedo mirándolas, observando a quienes no observan nada, y pienso que su forma de moverse se parece al ciclo casi eterno de una galaxia, una espiral que parece no tener fin, un movimiento que te atrapa.

La autopista es ruido, velocidad, decisiones y un camino hacia un destino. La vaca, en cambio, con su rumiar, es pausa, repetición, la vida quieta y en un bucle constante a la vez. Son dos mundos separados por un simple guardarraíl.

En nuestra mente, a veces, hay como una vaca de ojos vacíos que rumia sin parar. No escucha razones ni ruegos para que cambie de tema o empiece algo nuevo. Esa forma pasivo-agresiva de darle vueltas a lo mismo nos acaba volviendo locos.

Rumiar no es pensar. Es recorrer una y otra vez el mismo camino, volviendo siempre al punto de partida, como si estuviéramos haciendo un surco. Es como la rueda de un hámster, pero sin el beneficio de hacer ejercicio. Ojalá que darle vueltas a los mismos pensamientos sirviera para suavizar lo que nos preocupa, pero no: ocurre justo lo contrario. De tanto masticar recuerdos, te salen como 'quistes' que te impiden hablar. Y sigues dando vueltas en la misma rotonda, sin ver las salidas —que sí existen—, pero que no parecen estar señalizadas.

No nacemos así, rumiando y desconectados. Llegamos al mundo con la mirada limpia, alerta y curiosa. Pero la vida nos lleva a ese estado extraño de mirar sin ver, de estar presentes solo de cuerpo mientras la mente no para de darle vueltas a lo mismo. Y ahí podemos quedarnos atrapados para siempre. Un día nos damos cuenta de que el mundo ya no nos encaja, como una ropa que no es de nuestra talla; que las ganas de vivir se han ido perdiendo poco a poco hasta desaparecer. Entonces la ilusión muere primero, y solo esperamos a que el cuerpo la siga, rumiando en el proceso, quietos en un punto aburrido del espacio mientras el tiempo avanza.

Las vacas, al menos, tienen un sistema digestivo bien definido. Tienen cuatro estómagos y, al rumiar, devuelven la comida para digerir mejor la fibra. Nosotros, en cambio, no.

Nuestro rumiar es como un deporte emocional que no nos da ninguna medalla. A veces me pregunto cuántas horas de nuestra vida real pasamos dentro de nuestra cabeza, parados en un mismo pensamiento, igual que ellas se quedan junto a la valla sin ver pasar los coches. Lo preocupante es que, mientras las vacas que rumian parecen no tener intenciones pero sí mucha paz, nosotros vamos llenos de intenciones y vacíos de paz.

La comparación es injusta para ellas, por supuesto. Ellas rumian por pura biología. Nosotros rumiamos por una especie de parálisis. Es como esas pesadillas en las que intentas huir, corres con todas tus fuerzas, pero no te mueves del sitio. Es el miedo a avanzar, a tomar decisiones, a equivocarnos, a que la vida siga su curso sin que la controlemos. O quizás es un deseo de ser atrapados, un rastro de cuando éramos presas fáciles en el pasado, aceptando el final sin permitir que suceda.

Rumiar es quedarse al margen, observando, imaginando posibles problemas sin atreverse a ir hacia un destino claro. Quizás por eso la autopista me atrae tanto: porque tiene una dirección, flechas, señales, un propósito que no permite desviaciones. La autopista es la vida cuando nos atrevemos a vivirla. Rumiar es la vida cuando nos escondemos de nosotros mismos. Pero, igual que los coches que vemos pasar de lejos, las soluciones nunca nos alcanzan: solo las intuimos, las vemos pasar muy rápido sin subirnos a ninguna.

Es muy fácil decir esto, pero... hay que empezar a 'tragar'. No se trata de reprimir las emociones hasta que explotemos, sino de aceptar que hay cosas que no podemos digerir, que no se deshacen por mucho que intentemos masticarlas.

Hay heridas que no se curan solo analizándolas; hay dolores con los que aprendes a vivir, endureces el músculo que los rodea, te levantas, los dejas atrás y sigues adelante. Masticar demasiado no es una forma de vivir; masticar eternamente no es una forma de alimentarse.

No hay una reflexión final. No quiero seguir dándole vueltas a las cosas. Podría llenar páginas y más páginas de este periódico hasta que se acabara el papel, y aun así no llegaríamos a ninguna conclusión. Ese es el miedo: quedarse ahí. Que cuando llegue el último día, cuando el universo se apague y el último agujero negro se trague hasta su propia sombra, haya una vaca mirando desde detrás de un guardarraíl... y siga sin ver nada.