Leandra, 95, y el secreto de Taucho.

Leandra, 95, y el secreto de Taucho.

Recurso: El Día

Leandra Martín González, a sus casi 95 años, comparte su secreto de "vivir bien" desde Taucho, un histórico caserío de Tenerife que, entre el recuerdo de su pasado agrícola y la llegada del turismo, conserva su esencia tradicional y vistas al Atlántico.

Leandra Martín González, a punto de cumplir 95 años, sonríe y dice que su secreto es "vivir bien". Aunque ya no reside en Taucho, pasó allí la mayor parte de su vida, en un lugar que es como un balcón al Atlántico, el auténtico sur de Tenerife.

Este pueblo de medianías de Adeje se mantiene al margen del bullicio turístico que hay a pocos kilómetros, en la costa. Lo consigue gracias a su arquitectura tradicional canaria bien conservada, sus calles estrechas y sinuosas, sus graneros antiguos y las pencas secas que revelan la esencia más pura de la tierra canaria.

Leandra responde a las preguntas con facilidad y una lucidez mental asombrosa. Aunque le falla un poco el oído, se las apaña bien. Su abundante pelo corto, más blanco que el algodón, es liso. Viene abrigada porque el clima de las medianías del sur de Tenerife puede ser frío. De hecho, recuerda que antes, en invierno, se iban tres meses a Los Menores, justo debajo de Taucho, para no pasar frío. Nació allí un 1 de marzo. Tuvo la suerte de ir a la escuela hasta los 16 años sin tener que trabajar, lo que le permitió tener una infancia feliz.

Sin embargo, recuerda que la gente se dedicaba por completo a la agricultura: "al cultivo del trigo, la cebada y el cereal; a arar todo el día la tierra con las bestias, con vacas, cabras, caballos y burros. Eran bestias porque antes no había coches para trabajar y tampoco había carretera". En este punto, Leandra interrumpe su relato y mira a una de sus hijas: "¿Y quedará alguna bestia ya en Taucho?".

El barrio de Adeje tiene unas 200 personas empadronadas, aunque las hijas de Leandra recuerdan que en los años setenta el caserío se quedó casi vacío, con apenas 10 habitantes. Un dato que la matriarca confirma, al igual que Román Álvarez Ramos. "Manito, ven a ayudarme, que tú te acuerdas de más cosas que yo", le pide Leandra. El cariñoso diminutivo provoca risas y él, muy obediente, se sienta a su lado. Él también tiene el pelo cano y, en cuanto empieza a hablar, se nota su diplomacia y sabiduría.

Álvarez Ramos se sienta a su derecha. Aunque no es un historiador profesional, es un apasionado de la historia y la cultura de Canarias, y también de su pueblo. Por eso, impresiona con los datos sobre la fundación del caserío donde creció y del que se fue dos veces, una a Venezuela y otra a Inglaterra, pero al que siempre regresa. "A mí me gusta esto. Creo que todo lo que sé es por las historias que me contaba mi abuela", razona. Relaciona con gran agilidad las ramas familiares de los primeros habitantes y va señalando dónde ubicaron sus propiedades, con sus graneros y tierras.

Los primeros documentos que hablan de la vida en Taucho son de 1496, el mismo año en que se fundaron municipios como San Cristóbal de La Laguna o Garachico. El caserío de Adeje está considerado uno de los asentamientos más antiguos de las medianías de Tenerife y su arquitectura lo demuestra: se usan materiales locales como la piedra, la madera de tea o la teja para los tejados a dos aguas. Los muros son casi todos de mampostería con mortero de barro y ventanas de madera de tea. El cuidado parece ser otro material importante, porque aunque algún edificio está derruido por el tiempo, la mayoría de las casas se mantienen bien conservadas, con mucho cariño.

La agricultura ha dado paso al turismo, y los alquileres vacacionales se extienden por las calles de Taucho. Así como Leandra se preguntaba si quedaban bestias en su tierra natal, ahora piensa que la gente que vive allí "no es de aquí. Yo voy por la calle y seguro que no conozco a nadie". Su vecino comparte su opinión. Él tampoco vive allí por motivos laborales. Ir a trabajar desde Taucho le resultaba muy complicado, por eso se fue, como la mayoría. "La gente joven se marcha porque no quieren trabajar en la agricultura. Aquí todavía queda alguien que siembra, pero ni de lejos como antes", explica.

Sobre los accesos a este pueblo de medianías del sur, la carretera está bien asfaltada, aunque tiene muchísimas curvas. Al mencionarlo, se oye un número: "32", pronunciado por una de las hijas de Leandra, que acierta. "Antes no había carretera", exclama Leandra, asombrada, como si su mente retrocediera 80 años. "Después hicieron la pista, compramos un jeep para subir y también subían en burros y mulas", recuerda. Román interviene y cuenta cómo su profesor llegó en mulo a Taucho cuando él tenía cinco años. Según sus cálculos, la pista se hizo en 1963 y el asfalto llegó una década después, más o menos.

Álvarez Ramos recuerda que antes la gente se reunía todos los fines de semana en dos o tres salones particulares para hacer fiestas y bailar. "Eso ya se perdió. Pero hubo una época preciosa en la que todo el mundo se reunía para disfrutar", explica, haciendo el gesto de tocar la guitarra. Menciona también las festividades de la Virgen del Socorro y de Santa Margarita, que se celebran en el barrio.

En Taucho no hay supermercado, "aunque antes había dos pequeñas tiendas. Allí comprábamos el azúcar y el café", recuerda con nostalgia la más mayor de los presentes. Nunca ha habido médico. "Siempre hemos tenido que ir a Adeje. Si antes había una urgencia, imagino que era por la pista o el sendero, en burro o mulo", supone Álvarez Ramos. Sí que hay un bar, con el mismo nombre que el barrio, y a su alrededor hay movimiento. Varios turistas se acercan y también vecinos de la zona.

El atardecer tiñe de dorado las calles del caserío de Adeje. El sol cae suavemente sobre el mar, que se ve grandioso desde allí. Si se mira hacia el este, se ve el pinar. Quizás, el único secreto de Leandra Martín González para conservar intactas las ganas de vivir sea Taucho. Porque la autenticidad es eterna.