
Masca: El caserío de Tenerife que muere de éxito.
Masca, el segundo lugar más visitado de Tenerife, vive una "doble vida" marcada por la masificación turística que contrasta con la tranquilidad de sus 80 vecinos y la belleza de su entorno.
Masca parece flotar, colgada de unas paredes tan altas y verticales que te duele el cuello solo de mirarlas. Es increíble cómo la vida ha logrado abrirse paso en un lugar así, entre barrancos y lomas donde se asientan antiguas casas canarias. Desde el sendero que baja a la playa, como si miraras por una rendija, se divisa La Gomera. La piedra y el verde dominan el paisaje, y asomarse al vacío provoca un vértigo tranquilo. Una sensación increíble que, por desgracia, se diluye con la gran cantidad de turistas que visitan Masca, en Buenavista del Norte, cada día.
Los 80 vecinos de este caserío, el más popular de Tenerife, contrastan con los miles de visitantes que llegan cada día. Un dato sorprendente: después del Parque Nacional del Teide, Masca es el segundo lugar más visitado de la isla. Una auténtica locura. Tantos coches circulan por una carretera muy sinuosa, con curvas cerradísimas y peligrosa.
Si visitas la isla, venir a Masca es casi una obligación. Pero cómo visitarla es un tema muy debatido en Tenerife. En los últimos años se han tomado medidas: se reguló el acceso al sendero del barranco por su peligrosidad, se hizo obligatorio usar transporte público para llegar a él y se aplicó la primera ecotasa de la isla. Muchos vecinos de Masca dicen que esta ecotasa "no sirve para nada porque ese dinero no se reinvierte aquí". Aun así, el problema de acceso sigue siendo enorme, no solo para el barranco, sino para el propio caserío.
Los miles de turistas que llegan a Masca encuentran una decena de opciones de bares y restaurantes. Bares, restaurantes y tiendas de souvenirs se reparten por sus calles empedradas. Así, el sector servicios es el motor económico del caserío. Es muy difícil escuchar hablar en español al pasear por allí.
Al atardecer, pocos bares quedan abiertos. La vida allí parece terminar sobre las cinco de la tarde. Los negocios ya han cerrado y a los turistas solo les queda disfrutar de los últimos rayos de sol y del impresionante paisaje. Es triste que en un lugar con tanto encanto, solo se pueda intuir su verdadera esencia.
Quizás, ser un caserío tan conocido y a veces maltratado por los medios, hace que sus habitantes, antes amables, se vuelvan más reservados. No quieren hablar, se esconden en el anonimato, y lo primero que dice un vecino de toda la vida es: "Aquí estamos abandonados". La paradoja es aún más clara.
El vecino de Masca se queja de que las farolas parpadean sin parar, como luces de Navidad. También está descontento con la limpieza, porque "solo vienen tres veces a la semana, con la cantidad de gente que pasa por aquí". Y luego está la seguridad, un tema complicado. "No vienen agentes de la policía local y solo hay una persona para controlar que los turistas aparquen donde quieren", asegura. También se queja del mal comportamiento de algunos visitantes. "Es que no respetan la propiedad privada", dice con cierto enfado.
Sus quejas y demandas no paran. "El médico lo tenemos en El Palmar y no hay supermercado", dice, y cuenta un problema de salud urgente que tuvo hace poco. Sorprende la facilidad con la que calcula los tiempos de los trayectos en coche y lo poco que le importa lo lejos que esté Masca de cualquier otro lugar de Tenerife. Para él, todos esos sitios están igual de lejos si se mira al revés. Por ejemplo: "¡Qué lejos está Santa Cruz de Masca!".
El vecino de Masca recuerda la vida de antes, con más gente y sin turistas. "El turismo empezó en Masca hacia 1985, cuando se mejoró la carretera, porque antes venían en mulo", comenta. Cuando le preguntan si el pastoreo era importante, calcula: "Había unos cuatro rebaños de cabras". La agricultura y la cestería también fueron importantes en la economía de antes.
A pesar de todo, "aquí se vive bien. Después de que se van todos, se está muy tranquilo", asegura. En Masca solo queda una pequeña tienda en El Turrón, uno de los lugares más conocidos del caserío, donde también vive el último alcalde pedáneo que tuvo este pueblo de Buenavista. Entrar a esta pequeña tienda, que lleva el mismo nombre que el barrio, es como viajar al pasado. Te invaden recuerdos de la infancia. Y cuando esperas ver a una mujer canaria mayor detrás del mostrador, aparece una joven de piel morena que ha decidido seguir con el negocio familiar. Es la tercera generación al frente del local.
Allí se mezclan una cafetera industrial con botes de kétchup, productos de limpieza, una nevera-expositor bajo el mostrador y una pequeña estantería a la derecha con souvenirs de palma. El local tiene varias mesas y unos turistas comen algo de embutido. Es la resistencia.
Unas curvas antes de llegar a El Turrón está el mirador de Cruz de Hilda. Allí, una acogedora cafetería con vistas panorámicas a Masca, da la bienvenida (si vienes desde Buenavista del Norte) o la despedida (si llegas desde Santiago del Teide) a este famoso caserío. Lo lleva un matrimonio de Las Lagunetas, donde vive Miñona, y ellos viven en Las Portelas, donde Rosa está muy arraigada a la tierra. Un turista pregunta: "¿Qué es eso?", señalando un auténtico barraquito. Pide otro igual y se va al gran balcón-terraza, donde la inmensidad del paisaje te deja sin aliento.
La doble vida de Masca sorprende, como si el caserío tuviera un trastorno bipolar. Cae el sol. La mayoría de los turistas se van. Los bares y restaurantes cierran. El caserío se llena de serenidad y tranquilidad para dar paso a la noche, esperando que al día siguiente el turismo no vuelva a traer la masificación.