
Bejía, el enclave de Anaga que lucha contra el aislamiento y la despoblación
Los residentes de Bejía, en el macizo de Anaga, reclaman al Ayuntamiento de La Laguna mejoras urgentes en sus infraestructuras y transporte público para frenar la despoblación y garantizar la supervivencia de este enclave rural.
El aislamiento geográfico y la carencia de infraestructuras básicas definen el día a día de Bejía, un pequeño enclave en el macizo de Anaga, en La Laguna, cuya realidad actual ha sido documentada recientemente por medios locales. Este núcleo poblacional, que apenas supera la decena de residentes permanentes, ejemplifica la lucha de las zonas rurales de Tenerife por preservar su identidad frente a la progresiva despoblación y la falta de servicios públicos esenciales.
La situación de este barrio lagunero pone de relieve una brecha histórica en la conectividad. A pesar de su cercanía con El Batán, Bejía carece de transporte público, lo que obliga a sus habitantes —muchos de ellos de avanzada edad— a realizar desplazamientos a pie por terrenos escarpados para acceder a servicios básicos. Esta carencia se extiende a la infraestructura viaria: la carretera de acceso no ha sido objeto de intervenciones de mejora significativas en más de tres décadas, lo que ha provocado un deterioro progresivo que dificulta la movilidad, especialmente durante episodios de lluvia.
La asociación de vecinos, recientemente reactivada bajo la presidencia de Nérida Pérez González, ha intensificado sus reclamaciones ante el Ayuntamiento de La Laguna. Entre sus demandas prioritarias destaca la implementación de un sistema de transporte a demanda y la modernización de los accesos a las parcelas agrícolas. El objetivo es doble: facilitar la vida cotidiana de los residentes y fomentar la continuidad de la actividad agraria, permitiendo la mecanización básica de las huertas para aliviar la carga física de las labores de cultivo, una práctica que sigue siendo el sustento y la forma de vida de muchas familias del lugar.
El análisis de este caso permite observar cómo la identidad rural se mantiene viva a través de un fuerte sentimiento de pertenencia, a pesar de la ausencia de equipamientos convencionales como plazas, ermitas o centros médicos —estos últimos centralizados en El Batán con una periodicidad mensual—. La convivencia en Bejía se articula en torno a una economía de subsistencia y una red de apoyo vecinal que trasciende la residencia física, ya que muchos propietarios que ya no habitan en el núcleo regresan diariamente para mantener sus terrenos.
Este escenario, sin embargo, no es ajeno a las dinámicas globales. La presencia de senderistas y la irrupción de viviendas vacacionales gestionadas por residentes integrados en la comunidad plantean nuevos retos para la gestión del territorio. La preservación de este entorno, que alberga hitos geológicos como el volcán de Las Rosas, depende ahora de un equilibrio entre la necesaria modernización de las comunicaciones y la protección de un estilo de vida que, aunque anclado en la tradición, demanda una respuesta institucional adaptada a las necesidades del siglo XXI.