Tijoco Alto: el desafío de la supervivencia rural frente al modelo turístico en Tenerife

Tijoco Alto: el desafío de la supervivencia rural frente al modelo turístico en Tenerife

Recurso: El Día

El núcleo de Tijoco Alto, en el sur de Tenerife, ejemplifica el envejecimiento rural y la desconexión estructural de las medianías frente al modelo turístico, mientras sus habitantes reivindican mejores servicios y conectividad para preservar su identidad.

La realidad demográfica de Tijoco Alto, un enclave de medianías en el sur de Tenerife, ofrece un contrapunto necesario al modelo de desarrollo turístico predominante en la isla. Tal y como recoge una reciente crónica local, este núcleo poblacional, que apenas supera el centenar de habitantes, ejemplifica el fenómeno del envejecimiento rural en Canarias, donde el relevo generacional se ve condicionado por el fallecimiento de sus residentes más veteranos frente a la escasez de nuevos asentamientos.

El análisis de este caso permite observar una brecha estructural entre la costa, volcada hacia la industria del ocio, y las zonas altas, que mantienen una identidad vinculada a la arquitectura tradicional y a un pasado agrícola marcado por el cultivo de cereales y la ganadería. Esta desconexión no es solo paisajística, sino también funcional: la ausencia de un sistema de transporte público regular obliga a los vecinos a depender exclusivamente del vehículo privado, una carencia que las autoridades locales pretenden mitigar mediante la futura implementación de servicios de transporte a demanda.

La vida cotidiana en Tijoco Alto se articula en torno a una red de apoyo vecinal que compensa la falta de servicios básicos en las inmediaciones. La cohesión social se manifiesta en el uso compartido de infraestructuras, como el centro cultural inaugurado en 2001 y la iglesia de La Concepción, un templo que data de 1668 y que sirve de nexo histórico para la comunidad. A pesar de las dificultades de conectividad, agravadas por la inhabilitación de rutas tras fenómenos meteorológicos adversos como la borrasca Therese, los residentes reivindican un estilo de vida basado en la tranquilidad y la proximidad.

La memoria oral de sus habitantes, representados por figuras como Andrea González Mora —residente desde 1976 tras su retorno de Venezuela— y Luisa Díaz Álvarez, permite trazar una línea temporal que conecta la dureza de las labores agrícolas de posguerra con la actual transición hacia un entorno de servicios. Este relato, que incluye la pervivencia de tradiciones locales y el valor simbólico de elementos patrimoniales como la denominada "piedra de los valientes", subraya la resistencia de un modelo de convivencia que, aunque alejado de los ritmos del turismo de masas, reclama su derecho a la conectividad y a la permanencia en un territorio que, lejos de ser un mero decorado, conserva una estructura social propia y activa.