
El Madroño, en Los Realejos: la encrucijada entre la despoblación y la rigidez urbanística
El enclave de El Madroño en Los Realejos enfrenta un grave proceso de despoblación y una compleja crisis urbanística que dificulta el relevo generacional y amenaza la preservación de su legado agrícola tradicional.
La encrucijada demográfica y urbanística de El Madroño, en Los Realejos, refleja una problemática recurrente en las medianías de Tenerife: la tensión entre la preservación del legado agrícola y la rigidez de una normativa que, según denuncian sus residentes, dificulta el relevo generacional. Tal y como recoge una reciente crónica publicada por El Madroño, este enclave, marcado por su valor paisajístico y su fertilidad, sobrevive con una población reducida a menos de 15 habitantes, evidenciando un proceso de despoblación que contrasta con la persistencia de sus modos de vida tradicionales.
El análisis de la situación actual revela una paradoja administrativa. Mientras los vecinos históricos, como Juan Luis Alonso y Pedro Dóniz Álvarez, subrayan la riqueza de unos suelos históricamente dedicados al cultivo de variedades locales —desde papas bonitas hasta diversas tipologías de peras y manzanas—, la falta de una regulación urbanística clara fomenta la construcción informal. Esta carencia de planificación, lejos de proteger el territorio, genera una brecha donde los residentes locales se sienten desfavorecidos frente a inversores extranjeros que, según los testimonios recogidos, logran sortear con mayor facilidad las trabas burocráticas para rehabilitar fincas o edificar.
La realidad de este núcleo, situado bajo el área recreativa de Chanajiga y afectado por los incendios forestales de 2023, es la de un ecosistema que ha pasado de la autosuficiencia basada en el trueque y la venta de excedentes a una dependencia casi absoluta del vehículo privado. La ausencia de servicios básicos —sin transporte público, centros médicos o comercios— se compensa con la proximidad al casco urbano de Los Realejos, aunque esto no evita que los jóvenes se vean obligados a emigrar hacia zonas con mayor oferta habitacional.
El relato de los vecinos más veteranos, que conservan técnicas de almacenamiento tradicional en cuevas y una memoria viva de la economía de subsistencia, pone de manifiesto que el arraigo a la tierra no es suficiente para garantizar la viabilidad del asentamiento. La convivencia entre la vivienda vacacional, la llegada de nuevos residentes de origen ruso o portugués y la resistencia de las familias locales dibuja un escenario de transformación profunda. En última instancia, la situación de El Madroño ilustra el desafío de las administraciones canarias para equilibrar la protección del suelo rústico con la necesidad de dotar de seguridad jurídica a quienes, generación tras generación, han mantenido vivo el paisaje de las medianías.