
El Riego: el desafío de repoblar un caserío tinerfeño entre la precariedad y el olvido
El caserío de El Riego, en Los Realejos, lucha contra el abandono rural y la falta de infraestructuras básicas mediante la convivencia entre residentes históricos y nuevos pobladores que buscan revitalizar la zona.
El caserío de El Riego, en el municipio tinerfeño de Los Realejos, se ha convertido en un microcosmos donde colisionan la España vaciada y las nuevas formas de repoblación rural. Tal y como recoge una reciente crónica sobre la realidad de este enclave, el asentamiento sobrevive en una situación de precariedad infraestructural, careciendo de suministro de agua potable, un servicio básico que los residentes reclaman a las administraciones competentes junto a un mantenimiento más riguroso de los accesos viarios.
La demografía del lugar ilustra una transición generacional y de estilo de vida. Por un lado, la zona acoge a familias como la de Carlos López Hernández, un abogado que trasladó su residencia desde Barcelona hace siete años para emprender un proyecto de turismo rural y agricultura ecológica denominado La Espiral. Este perfil representa una tendencia creciente de ciudadanos que buscan en el entorno natural una alternativa al ritmo urbano, asumiendo la dependencia del vehículo privado para acceder a servicios básicos en núcleos como Icod El Alto.
En contraste, la memoria histórica del caserío la encarna Jerónimo Romero López, vecino de toda la vida, cuya visión sobre el futuro del sector primario en la zona es marcadamente sombría. Romero, que mantiene la tradición del cultivo sin aditivos químicos, atribuye el declive de la actividad agrícola a la desidia institucional y a la pérdida de relevo generacional, factores que han sustituido el modelo de subsistencia y trueque por una dependencia absoluta de los mercados externos.
Este fenómeno de abandono rural no es ajeno a la realidad de muchas zonas de medianías en Canarias, donde la desconexión entre la administración y los habitantes dificulta la viabilidad de proyectos de vida sostenibles. Mientras que la visión de los nuevos pobladores se centra en la puesta en valor del patrimonio rural como activo económico y cultural, la perspectiva de los residentes históricos subraya la erosión de un saber popular —especialmente en el ámbito de la etnobotánica y las técnicas de cultivo tradicionales— que corre el riesgo de desaparecer.
La convivencia entre ambos perfiles en El Riego demuestra que, a pesar de la escasez de recursos, existe un tejido social que intenta evitar el olvido definitivo del enclave. La supervivencia de este núcleo poblacional depende, en última instancia, de un equilibrio complejo: la capacidad de las instituciones para garantizar servicios mínimos y la voluntad de los residentes para integrar la sabiduría agrícola heredada con modelos de gestión contemporáneos que permitan la pervivencia de estos paisajes frente a la presión del abandono.