
Las Fuentes, un pueblo tinerfeño que lucha por no morir.
El caserío de Las Fuentes, en Guía de Isora, Tenerife, lucha por revivir su pasado agrícola y comunitario, donde solo cinco residentes permanentes mantienen viva la memoria de un pueblo que llegó a tener más de cien habitantes.
Es difícil imaginar que tras la Montaña de Tejina, ese monumento natural de Guía de Isora, se esconde un pequeño caserío llamado Las Fuentes. Y viéndolo ahora, cuesta creer que alguna vez fue un lugar lleno de vida, un centro importante para la recogida de agua y la agricultura en el sur de Tenerife. A principios del siglo XX, el pueblo tenía más de cien habitantes. Hoy, solo viven allí cinco personas de forma permanente. Dos de ellas son un matrimonio: una holandesa y un palmero que se mudaron hace poco, compraron una casa y la restauraron.
Cuando conoces a Félix Álvarez Vargas, el presidente de la asociación de vecinos, te das cuenta de que Las Fuentes tiene muchas historias que contar. Él se encarga de que los recuerdos de sus bisabuelos, abuelos, padres y de casi todos los que vivieron allí no se pierdan. Se baja del coche, se pone una gorra con el nombre de la asociación y se ajusta el cinturón. Está claro que el paseo por el lugar va a ser como una visita guiada. ¡Qué suerte!
Antes, una pareja aparcó su todoterreno junto al coche de Félix. No son de allí, pero les gusta ir de vez en cuando a visitar la zona. Antonio Morales Mora y Dori Álvarez Rodríguez se unen al grupo y escuchan con atención la introducción de Félix, que explica que él no llegó a vivir allí, pero señala las casas de toda su familia.
Antonio y Dori tienen un terreno en El Choro, un caserío que está justo enfrente de Las Fuentes, aunque ellos son de Acojeja. "No entiendo cómo la gente abandona lo nuestro. A mí me gusta saber de estas cosas", dice Antonio con tristeza mientras se coloca la gorra. Tiene un hijo, pero no sabe si querrá seguir trabajando el campo en las tierras que heredó de sus padres. Esta es una de las razones por las que pueblos como Las Fuentes se quedan vacíos: la falta de gente joven que siga con las tradiciones.
También influyen las carreteras. En este caso, la carretera a Las Fuentes está asfaltada, pero tiene muchas cuestas y curvas cerradas. En 2019, el Cabildo de Tenerife la arregló por completo, gastando más de un millón de euros. Antes, si no tenías un coche todoterreno, era muy difícil llegar hasta allí. "Recuerdo que cuando llovía, la pista se ponía fatal y teníamos que arreglarla nosotros como podíamos", cuenta Félix. "Podíamos tardar casi una hora en subir, ¡y solo son cuatro kilómetros!", dice aliviado por cómo está la carretera ahora. Eso sí, mejor no cruzarse con otro coche, porque es un poco estrecha.
Félix se ha convertido en un guía turístico y ha creado una ruta. La siguiente parada es la casa de Clemente García Reyes. Él compró un terreno pequeño en 1991 y lo convirtió en un paraíso: tiene parras, árboles frutales, un columpio, un brasero, una bodega, las colmenas de su hijo y un horno que hicieron ellos mismos. Y desde el balcón se ve el barranco de Guaría, con unas vistas impresionantes. Clemente, que ya está jubilado, es de Tegueste, pero la vida lo trajo al sur de Tenerife. Se instaló allí y, desde que compró esa casa-cueva en Las Fuentes, no ha dejado de cuidarla. Es un hombre trabajador y fuerte. Su camisa de cuadros y sus vaqueros, que le quedan un poco grandes, le dan un toque especial.
Por suerte, el hijo de Clemente sigue sus pasos. Tiene varios huertos de papas, fuera de la casa-cueva, que destacan en el paisaje. En medio de la tierra ocre y porosa, el verde de las plantas llama la atención y te hace imaginar cómo sería este caserío si todos sus bancales estuvieran cultivados y llenos de color. Un paraíso para la vista, el olfato y el gusto.
Y seguramente se oiría más ruido, con el trabajo del campo. Félix, volviendo a su papel de guía, cuenta que una de las últimas veces que su madre estuvo en Las Fuentes, se le llenaron los ojos de lágrimas. "¿Qué te pasa, mamá?", le preguntó. Y ella le dijo: "Ahora aquí hay mucho silencio. Antes se escuchaba a la gente, la alegría de los vecinos, cuando venían a buscar agua, los niños jugando en la calle... Pero ahora, esto está muy triste". Gracias al esfuerzo de Félix, los recuerdos de su madre siguen vivos y, ahora, queda escrito que en Las Fuentes hubo un tiempo en el que su manantial no solo daba agua, sino también vida.
Félix, como presidente de la asociación de vecinos, tiene claro lo que quiere hacer para que Las Fuentes vuelva a tener vida. Quiere recuperar el pastoreo de cabras, como hacía su familia. También quiere que se cultiven las tierras, porque el jable (el tipo de suelo de Las Fuentes) retiene muy bien el agua y la humedad. Los bubangos de Clemente son una buena prueba de lo bien que se da la tierra allí. Y además, puede presumir de vino.
Félix quiere promover el turismo rural y sostenible. No hay casas de alquiler vacacional ni otros alojamientos que puedan dar vida al pueblo de vez en cuando. Y aunque ahora parezca un poco abandonado, Las Fuentes está bien conservado. Esa es la impresión que da, tanto en lo material como en los recuerdos. El abandono no parece ser parte de su esencia, y el entusiasmo de Félix lo demuestra. Cada poco tiempo levanta el brazo, con su reloj de plata, para señalar algo importante o recordar alguna historia del pueblo.
Como la ermita de San José, que está en lo alto de la Montaña de Tejina. El tío de Félix parecía tener tuberculosis. Entonces, el abuelo de Félix le prometió a San José que si curaba a su hijo, le haría un altar. Al final, gracias al esfuerzo de todos los vecinos, se construyó una ermita. Para llegar hasta allí hay que subir por una cuesta empinada, y como es una zona protegida, no se pueden hacer grandes obras. Otra cosa que quiere conseguir Félix es que se pueda acceder bien a la iglesia, que antes tenía la imagen del santo. Ahora, para que no se estropee, está en Tejina de Isora.
La familia de Félix está presente en todo el pueblo, como el agua, que se encuentra en muchos rincones. El manantial principal y el lugar donde se lavaba la ropa están justo debajo de la casa de Clemente. Se puede llegar por un sendero empinado y lleno de maleza. Félix quiere que se recupere este camino, que era muy importante antes. En los años 30, el manantial empezó a ser menos importante porque se hicieron muchas galerías de agua. Ahora es un recuerdo de lo importante que era el agua, un elemento que le dio vida al pueblo. Tanto, que hasta está en su nombre.