La lacra de los esqueletos urbanísticos

La lacra de los esqueletos urbanísticos

Recurso: Diario de Avisos

Los esqueletos de hormigón del boom inmobiliario afean el paisaje canario, especialmente en Tenerife, donde su deterioro y el alto coste de rehabilitación o demolición plantean un complejo desafío urbanístico y social.

Pasan los años, incluso décadas, y siguen ahí, como símbolos de un urbanismo fallido. Son los restos de aquel boom de la construcción que no superó la crisis económica, o que se quedó atascado en problemas legales o en herencias complicadas tras la muerte de sus promotores. Estos proyectos a medio hacer afean nuestro paisaje, estropean el entorno y, en muchos casos, se han convertido en refugios peligrosos para personas sin hogar, que viven entre basura y escombros, con el riesgo de que todo se venga abajo.

El problema de estos edificios a medio construir es especialmente grave en Tenerife, sobre todo en el Sur, donde el boom turístico de los años 70 y 80 y la poca experiencia de algunos inversores dejaron más huella. La situación empeora porque sus estructuras se están deteriorando, algo que se acelera al estar cerca del mar. Lo vemos en las grietas, el óxido y la corrosión. Los expertos nos recuerdan que ni el hormigón ni el hierro duran para siempre, y que estos edificios "fantasma", sin ningún tipo de mantenimiento desde que se fueron las grúas y los obreros, ven su vida útil acortada por el viento, la lluvia, el sol y el mar.

Varios arquitectos consultados por este periódico señalan que retomar la construcción de estos viejos esqueletos de cemento —algunos llevan más de 50 años en la Isla, como los de Añaza o Chasna, en Arona— no suele ser la mejor opción. El coste de reparar todo el deterioro acumulado con el tiempo es demasiado alto.

Por eso, antes de nada, hay que hacer una evaluación muy detallada para saber el estado real de los materiales. Es algo que bancos y aseguradoras piden cada vez más, con pruebas de permeabilidad, carbonatación y carga, entre otras. De hecho, algunos estudios apuntan que terminar un edificio abandonado que ya tiene problemas estructurales puede salir hasta un 20% más caro que construir uno nuevo desde cero.

Si el edificio se dejó a medias hace pocos años, la situación es más favorable para evitar esos sobrecostes, sobre todo si la estructura aún tiene una licencia de obra válida del ayuntamiento. Un buen ejemplo son dos bloques inacabados en San Isidro (Granadilla) que la cadena hotelera Spring Hotels compró el año pasado por 2,4 millones de euros. Su plan es construir casi cien pisos para sus trabajadores. Es una iniciativa pionera en medio de una crisis de vivienda sin precedentes, que se ha agravado por el auge de los alquileres vacacionales y la falta de pisos públicos.

Los expertos en urbanismo alertan de que el suelo nunca vuelve a ser el mismo después de una obra abandonada, ya que el ecosistema se rompe. Además, el solar de un edificio a medio hacer atrae escombros y materiales inservibles, convirtiéndose en un foco de suciedad y problemas de salud.

Por su parte, algunos grupos ecologistas piden que se fije un plazo límite para terminar estos "mamotretos". Si las obras no se retoman, proponen demoler las edificaciones que no tienen arreglo y construir viviendas sociales en aquellas estructuras que sí se puedan aprovechar.

Eliminar las huellas de estos fracasos empresariales en la construcción no es tarea fácil ni barata. Aunque el coste medio de una demolición en España ronda los 50 euros por metro cuadrado, este precio puede variar mucho según el tamaño y tipo de estructura, dónde esté, los materiales usados, su ubicación exacta y los permisos y normativas que se necesiten.

Sea por este motivo o por los que hemos mencionado antes, los fracasos de aquel boom de la construcción siguen ahí, a la vista de todos. Como viejos barcos encallados en tierra de nadie.