El cuarto centenario del Hermano Pedro reabre el debate para nombrarlo copatrón de Canarias

El cuarto centenario del Hermano Pedro reabre el debate para nombrarlo copatrón de Canarias

Recurso: Diario de Avisos

El cuarto centenario del nacimiento del Hermano Pedro ha reactivado la propuesta institucional de nombrarlo copatrón de Canarias, destacando su legado como pionero de la asistencia social y símbolo de unión entre el archipiélago y Guatemala.

La figura de Pedro de San José de Betancur, el primer santo canonizado tanto en el Archipiélago canario como en Guatemala, vuelve a ocupar el centro del debate institucional y social con motivo de su cuarto centenario. Tal y como recogen diversas crónicas locales y testimonios recogidos en los municipios del sur de Tenerife, la efeméride ha reavivado la propuesta de elevar al religioso al rango de copatrón de Canarias, una iniciativa que ya cuenta con el respaldo unánime de los ayuntamientos de Vilaflor de Chasna, Granadilla de Abona y San Miguel de Abona.

Nacido en 1626 en Vilaflor, el Hermano Pedro representa un fenómeno de hibridación cultural y espiritual entre las islas y el continente americano. Su trayectoria, marcada por una infancia vinculada al pastoreo y una posterior emigración a Santiago de los Caballeros en el siglo XVII, le permitió establecer un sistema de asistencia social pionero. A través de la fundación de la obra de Belén, el religioso articuló una red de apoyo que incluía enfermerías, centros educativos para menores sin recursos y albergues, desafiando las estructuras jerárquicas de su época al atender a personas sin distinción de origen, etnia o condición.

Desde una perspectiva histórica, su genealogía resulta relevante para entender su papel como símbolo de cohesión regional. Investigaciones recientes sobre sus antepasados sugieren una fuerte ascendencia indígena grancanaria, lo que vincula su legado con la identidad histórica de ambas provincias canarias. Esta dimensión, sumada a su canonización por Juan Pablo II en 2002 —tras el reconocimiento del milagro de curación de un menor—, ha consolidado su estatus como un referente de la solidaridad transatlántica.

El debate sobre su posible copatronazgo, sin embargo, suscita reflexiones divergentes. Mientras que desde el ámbito diplomático, representado por el consulado de Guatemala en Santa Cruz de Tenerife, se valora su capacidad para integrar la identidad cultural guatemalteca con la canaria, sectores pastorales instan a priorizar la vigencia de su mensaje sobre los reconocimientos formales. Para estos últimos, la relevancia del Hermano Pedro no reside en los títulos eclesiásticos, sino en la actualidad de su praxis asistencial, especialmente en un contexto marcado por los desafíos migratorios y la vulnerabilidad social.

La figura del santo, fallecido en 1667 a los 41 años, se mantiene como un eje de devoción popular que trasciende las fronteras geográficas. La coexistencia de su memoria en los santuarios de Tenerife y Guatemala subraya una trayectoria que, para los expertos, anticipó conceptos modernos de asistencia humanitaria. En la actualidad, el reto para las instituciones radica en equilibrar la institucionalización de su figura con la preservación de un legado que, más allá de la liturgia, se define por una intervención directa y constante en favor de los sectores más desfavorecidos de la sociedad.