
Los Rodeos: 7,62 metros habrían evitado la mayor tragedia de la aviación comercial
Un análisis técnico reciente revela que la tragedia aérea de Los Rodeos, que dejó 583 víctimas hace 49 años, pudo evitarse con apenas 7,62 metros de altitud adicional, subrayando la importancia de los protocolos de comunicación y seguridad implementados tras el suceso.
Casi medio siglo después de la catástrofe aérea de Los Rodeos, el análisis técnico sigue arrojando conclusiones que subrayan la fragilidad de los sistemas de seguridad aeronáutica. Tal y como recoge el diario El Día en una reciente entrevista con el comandante de Iberia Ramón Vallés, la mayor tragedia de la historia de la aviación comercial, que el pasado 27 de marzo cumplió 49 años, pudo evitarse con una diferencia de apenas 7,62 metros de altitud. Este margen, equivalente a la longitud de un poste eléctrico, habría permitido al Boeing 747 de la aerolínea neerlandesa KLM salvar al aparato de Pan Am con el que colisionó en la pista del aeródromo tinerfeño.
El siniestro, que se saldó con 583 víctimas mortales, se originó a partir de una concatenación de fallos humanos y técnicos que hoy se estudian en las escuelas de aviación como un caso paradigmático de error sistémico. La investigación oficial determinó que el capitán de KLM, Jacob van Zanten, inició la carrera de despegue sin contar con la autorización explícita de la torre de control. Esta decisión, agravada por una visibilidad prácticamente nula debido a un banco de niebla repentino, fue el detonante de un choque frontal que, según Vallés, resulta hoy estadísticamente improbable gracias a la profunda reforma de los protocolos de comunicación y conciencia situacional implementada tras el suceso.
El origen de la crisis se remonta a un atentado terrorista perpetrado por el Mpaiac en el aeropuerto de Gran Canaria, que obligó a desviar el tráfico aéreo hacia Tenerife Norte. La saturación de las instalaciones, que no estaban diseñadas para acoger aeronaves de gran envergadura, sumada a la fatiga acumulada de las tripulaciones y a una comunicación radiofónica ambigua —donde el uso de términos no estandarizados como "OK" generó una interpretación errónea de las órdenes—, creó el escenario perfecto para el desastre.
El análisis de Vallés pone el foco en la "simulitis", un fenómeno que, a su juicio, afectó al comandante de KLM, cuya excesiva dedicación a la instrucción en simuladores pudo mermar su agilidad operativa en situaciones reales. A esto se sumó la falta de asertividad en la cabina, donde ni el copiloto ni el mecánico de vuelo lograron frenar la maniobra de despegue a pesar de las advertencias sonoras que indicaban que el avión de Pan Am aún se encontraba en la pista.
La tragedia de 1977 no solo supuso un trauma colectivo para la sociedad canaria, sino que forzó una redefinición de la fraseología aeronáutica internacional. La implementación de mensajes inequívocos y la mejora en la gestión de recursos de cabina (CRM) han sido, desde entonces, los pilares que han permitido que, a pesar de la complejidad de la aviación moderna, un evento de tal magnitud no haya vuelto a repetirse. La lección de Los Rodeos permanece vigente: la seguridad aérea no depende únicamente de la pericia individual, sino de la estricta disciplina en los procedimientos y la claridad absoluta en la comunicación entre tierra y aire.