
El pasado industrial de Los Cristianos: de motor manufacturero a enclave turístico frente a la erosión costera
Los recientes daños causados por la borrasca Therese en Los Cristianos evocan la historia industrial del enclave, que pasó de albergar una ambiciosa destilería y planta de resina a principios del siglo XX a ser el epicentro del actual desarrollo turístico.
La reciente embestida de la borrasca Therese contra el litoral de Los Cristianos, que ha provocado daños estructurales en el paseo de Los Tarajales, ha servido como recordatorio de la fragilidad de las infraestructuras humanas frente a la dinámica costera. Tal y como recoge el historiador Marcos Brito en su obra Arona en el recuerdo (2001), este episodio de erosión marina pone de relieve la memoria de un enclave que, durante gran parte del siglo XX, albergó una de las instalaciones industriales más ambiciosas del archipiélago canario, hoy completamente integrada en el paisaje urbano y turístico.
La historia de este complejo, situado al abrigo de la Montaña de Guaza, comenzó en 1900, cuando la sociedad F.E.C. Jacks & C.ª inició la construcción de una destilería en un entorno que apenas contaba con 77 residentes y una cuarentena de edificaciones. La planta, operativa desde abril de 1902, destacaba por su maquinaria de vanguardia, incluyendo un sistema de destilación Multiplex de quince metros de altura capaz de procesar treinta hectolitros diarios de alcohol rectificado. La infraestructura, que incluía una vasta red de depósitos para la producción de licores, sufrió un incendio en 1904 que, si bien destruyó la maquinaria principal y las existencias, no supuso el fin de la actividad industrial en el recinto.
La reconversión del espacio fue liderada años después por el ingeniero y diputado republicano Calixto Rodríguez, quien a partir de 1907 transformó las instalaciones para el procesamiento de resina de pino. Este sector alcanzó una relevancia económica notable, llegando a emplear a más de trescientos trabajadores en 1912 y generando un impacto salarial y logístico superior a las 150.000 pesetas de la época. Tras el cese de esta actividad hacia 1918, el recinto experimentó diversos usos, desde acuartelamiento militar durante la Segunda Guerra Mundial hasta su última etapa operativa en 1953, cuando se convirtió en una planta de cementos puzolánicos. Este material, esencial para obras marítimas por su capacidad de mejora en mezclas de cal y cemento, fue exportado a mercados internacionales, como Casablanca, hasta el cierre definitivo de la fábrica a principios de los años sesenta.
El análisis de este legado industrial permite comprender la transformación socioeconómica del sur de Tenerife, donde la actividad manufacturera, que llegó a ser el principal motor de empleo local, fue progresivamente desplazada por el desarrollo urbanístico y turístico que hoy define la bahía. La desaparición física de la fábrica, sustituida en los años setenta por complejos residenciales y hoteleros, ilustra el cambio de paradigma en la gestión del suelo costero, un territorio que, como han demostrado los recientes temporales, mantiene una constante tensión con el avance de la urbanización.