La Florida: el ocaso de un enclave histórico en Tenerife ante la amenaza de la despoblación

La Florida: el ocaso de un enclave histórico en Tenerife ante la amenaza de la despoblación

Recurso: El Día

Una investigación del historiador José Gregorio Hernández González alerta sobre la erosión cultural y la pérdida de la memoria colectiva en el caserío tinerfeño de La Florida ante el avance de la despoblación rural.

La despoblación en entornos rurales de las islas Canarias no es solo una estadística de abandono, sino un proceso de erosión cultural que amenaza con borrar la memoria colectiva de enclaves singulares. Tal y como recoge una reciente investigación del historiador José Gregorio Hernández González, el caserío de La Florida, en el municipio tinerfeño de Los Realejos, constituye un caso de estudio paradigmático sobre la resiliencia demográfica y la transformación de los usos del suelo.

Este núcleo, situado bajo el macizo de Tigaiga, ejemplifica la transición de un sistema de subsistencia agraria a un modelo de residencia dispersa. Los registros históricos, que datan de 1862, sitúan el origen de su poblamiento estable en familias con los apellidos Mosegue, Linares y Febles, quienes habitaban estructuras tradicionales de pajares y cuevas. La configuración actual del asentamiento, donde apenas residen una decena de personas, es el resultado de una evolución histórica que incluyó el retorno de emigrantes desde Cuba a principios del siglo XX, cuyas construcciones de planta única aún definen el paisaje arquitectónico de la zona.

La importancia de La Florida trasciende su actual estatus de segunda residencia. Históricamente, el lugar fue un nodo estratégico dentro de la estructura agraria del Menceyato de Taoro, aprovechando la abundancia de recursos hídricos que permitieron el desarrollo de una economía basada en el aprovechamiento forestal y la recolección. La cestería, sustentada en el cultivo y corte de varas de castaño, fue una actividad económica fundamental que involucraba una división del trabajo por género, donde la producción de cestos era esencial para las labores agrícolas y el transporte de mercancías.

Más allá de la agricultura, el enclave funcionó como un centro de abastecimiento de productos naturales para el Puerto de la Cruz. La recolección de flores silvestres, como azucenas y violetas, junto con frutos del bosque, permitió a las mujeres de la zona establecer una red comercial que, con el auge del turismo en la década de los 60 y 70, se profesionalizó hasta dar lugar a las primeras floristerías de la región.

El trabajo de campo de Hernández González subraya una problemática crítica: la pérdida de la toponimia local. Nombres como el barranco del Garabato, el risco de La Tarasca o las Toscas de Romero corren el riesgo de desaparecer ante la falta de transmisión oral. La preservación de esta nomenclatura no es un ejercicio de nostalgia, sino una necesidad para salvaguardar la etnografía de un territorio que, pese a su proximidad a los núcleos urbanos, mantiene una identidad propia vinculada a su entorno natural y a un pasado que, aunque en retroceso, sigue marcando la vida de los pocos habitantes que han decidido mantener el arraigo en este paraje.