
Roque Negro: La fuerza de sus mujeres tejiendo tradición.
En Roque Negro, las mujeres tejen cestas y comparten con resiliencia las historias de su remoto caserío de Anaga, un baluarte de tradiciones frente al despoblamiento.
En Roque Negro, las manos expertas de varias mujeres siguen tejiendo cestas de mimbre con gran habilidad. Lo hacen en uno de los cuatro talleres que se imparten en el colegio CEIP Sor Florentina y Agustín Cabrera Díaz. Este colegio no solo es donde estudian los últimos cuatro niños del caserío, sino que también funciona como centro cultural. Estas mujeres parecen estar hechas de la misma piedra que las rodea, con la fuerza del basalto de las paredes del barrio. Un buen ejemplo es Severina Siverio Rojas, quien, sin pensárselo dos veces, se carga un buen montón de brezo a la cabeza y camina por la pequeña plaza. A sus 79 años, tiene una energía asombrosa. Aunque no pueda subirlo, sí tiene la fuerza para lanzarlo de golpe casi al borde del barranco.
Severina se sienta junto a María Dolores Rojas Perdomo para compartir sus historias. Y al escucharlas, uno comprende mejor este lugar: el caserío de Roque Negro, en el Parque Rural de Anaga, se alza imponente bajo la sombra del risco que le da nombre. El propio Roque Negro se erige a sus espaldas, como un guardián silencioso, testigo de la rica herencia de este pequeño pueblo. Siverio y Rojas visten los sombreros de paja y los delantales de antaño, los que se usaban para el trabajo diario. Van bien abrigadas, pues un viento frío sube por el barranco. La conversación comienza, y una le advierte a la otra, en voz baja y con un pequeño pellizco, que hable más alto.
«A mí me salieron los dientes trabajando y los perdí trabajando también», dice María Dolores Rojas con una sonrisa sincera. La vida en Roque Negro fue muy dura, dedicada siempre a la agricultura, a cuidar cabras y vacas, y sin carretera asfaltada hasta 1972. La carretera llegó primero al caserío vecino de Afur. Recuerdan entonces una disputa entre vecinos, «de la gente de antes». Los de Roque Negro querían cobrar un peaje a los de Afur por pasar por su lado cuando llegó la carretera, porque «ellos se reían de nosotros porque la carretera nos llegó más tarde por aquí».
Para ilustrar su conversación, muestran los ingeniosos objetos que usaban para alumbrarse en los senderos cuando no había electricidad. Fabricaban palmatorias con botellas de vino vacías: las rompían por la base y metían una vela apoyada en el cuello. «Me bebo una copita de vino todos los días en el almuerzo», confiesa Severina Siverio, con gracia, al recordar que para hacerlas había que beberse el vino primero. Pero María Dolores tiene un invento aún más curioso y sencillo para alumbrarse: una papa cortada por la mitad, un poco ahuecada para ponerle aceite y una pequeña tela como mecha. Se enciende y se mantiene prendida gracias al aceite que sirve de combustible. «Con esto íbamos por los senderos para alumbrarnos», explica Rojas.
En Roque Negro, al parecer, solo viven mujeres. O al menos son ellas quienes comparten sus historias y participan en los talleres del Ayuntamiento de Santa Cruz. Sí, del ayuntamiento capitalino. Porque este caserío, en lo profundo de Anaga, pertenece a la gran ciudad de Tenerife. ¡Quién lo diría! Francisca, Juana y Otilia son las siguientes en sentarse a conversar. «El Ayuntamiento no nos da nada», suelta Juana Rojas, riendo. «No nos da ni la hora», añade Francisca (Kika) Suárez. Las risas y la complicidad entre las vecinas estallan. Otilia Siverio se une a la alegría. «Ya verás que cuando vengan los votos, vienen todos por aquí», advierte Juana con la sonrisa pícara de la experiencia.
Las tres vecinas también llevan sombrero y delantal, aunque debajo se abrigan bien por la tarde fría y ventosa de diciembre. A Otilia Siverio le encanta vivir en Roque Negro: «Aquí hay tranquilidad, pocos coches. No hay mucha contaminación ni ruido», describe con calma, con gestos que transmiten serenidad. Celebran que la guagua llega hasta el caserío «tres o cuatro veces al día». Las cinco mujeres se quedan aquí y no echan de menos otro tipo de vida; de hecho, no la conocen. Juana cuenta que trabajó limpiando más cerca de la ciudad. Y se lanza a relatar que una vez estuvo a punto de comprarse «un coche de licencia». «Mi hijo, el más chico, me dijo ‘cómpratelo, que yo soy el primero que te firmo’», y todas se ríen a carcajadas.
Suárez, que se mantiene con los brazos cruzados durante toda la charla, explica que siempre se dedicaron a la agricultura y a «coger cisco». Esta práctica, realizada sobre todo por las mujeres, consiste en recoger restos de plantas, como el brezo que tienen a sus espaldas, para usarlos en otras tareas agrícolas. Les resulta curioso que les pregunten por esto. La vecina también menciona que «llevaban carbón para La Laguna». Todas estas labores demuestran la fortaleza y la resistencia de los habitantes de Roque Negro, un lugar cuyas casas se distribuyen entre los barrancos de La Porquera y de La Negra.
Actualmente, unas 60 personas viven en Roque Negro, y este año han fallecido 14, una cifra considerable para un lugar tan pequeño. «Llevamos una racha», lamentan las tres vecinas. Una vez más, el envejecimiento de la población y el éxodo rural están vaciando lugares como este. Algunos de los hijos de las cinco mujeres se marcharon por motivos laborales. Pero ellas tienen claro que quieren quedarse: «Me voy a La Laguna por cualquier cosa y ya estoy deseando volver a Roque Negro, aunque sea ahí al ladito», dice María Dolores Rojas, riendo.
El consultorio médico se encuentra en la plaza de la Virgen de Fátima, cuya fiesta se celebra el 13 de mayo. Sin embargo, las fiestas más importantes de Roque Negro son en agosto, en honor a San Roque. Justo enfrente está la consulta, donde el médico solo atiende los viernes. También hay una pequeña tienda y un bar, pero si necesitan otras cosas, van a Las Mercedes. No se quejan y se muestran satisfechas con la vida que les ha tocado. Al lado del colegio hay una cancha con las vallas caídas, pero este es uno de los pocos desperfectos que se ven en el caserío. Las casas están dispersas por las laderas de los barrancos, y algunas parecen casi inaccesibles.
Vivir en Roque Negro es una prueba de la capacidad del ser humano para adaptarse a casi cualquier condición de vida, y también de cómo las mujeres sostienen y llenan de alegría los rincones más apartados de Tenerife.