
El Draguillo: el paraíso aislado de Anaga que resiste entre la naturaleza y la incomunicación
El caserío de El Draguillo, en Anaga, Tenerife, enfrenta desafíos de acceso y servicios básicos, pero atrae a nuevos residentes en busca de un paraíso natural.
A solo veintinueve kilómetros de la capital de Tenerife, pero en otro mundo, se encuentra Anaga. Para llegar, hay que dejar atrás la carretera seca que sale de San Andrés y cruzar un túnel. Al otro lado, custodiado por el León de Taganana, se abre un paisaje diferente hasta llegar al caserío de El Draguillo. Antes, pasamos por Taganana, el corazón del parque rural, las playas de Roque de Las Bodegas y Almáciga. Subimos a Benijo y sorteamos una cascada, que estaba seca hasta el miércoles con las últimas lluvias, para adentrarnos en el caserío.
Donde el asfalto da paso a una estrecha pista de cemento, se acumulan unos treinta coches de alquiler. Sus ocupantes continúan el camino a pie, como si fuera la calle principal de Anaga, en un ir y venir constante de senderistas equipados con bastones, botas y sombreros. Aquí, entre la ciudad y la naturaleza salvaje, se siente la fragilidad de este paraíso, donde una ambulancia no podría llegar.
Para acceder a El Draguillo, hay que tomar un tercer desvío a la izquierda, por una pista de tierra que apenas permite el paso de un coche. En el fondo del barranco, unas treinta casas escalonadas forman el poblado. A mitad del camino, desafiando la pendiente, nos recibe Hipólito González Sosa, conocido como Polo. Hijo de Florentín Jesús y Amelia, sus padres criaron a la familia trabajando la tierra y cuidando cabras.
Hasta hace cinco meses, Polo era el único habitante de El Draguillo y su guardián, velando por las 24 viviendas del caserío. Sus hermanos viven en Candelaria y Barrio Nuevo, y él se mudó temporalmente para cuidar a su padre cuando enfermó.
Polo recuerda sus andanzas de niño hasta la escuela de Almáciga, un trayecto de media hora evitando la playa. También recuerda cómo compraban los quesos de su padre en La Laguna, o cómo iba a buscar pan a Casa Paca, en Benijo.
En el número 8 de El Draguillo, Polo cuenta cómo el caserío se fue vaciando con la muerte de muchos vecinos. Nacido en 1976, sus manos curtidas demuestran que nunca ha rehuido el trabajo. El agua potable llegó hace cuarenta años, justo cuando se abrió la pista de acceso; antes, el agua llegaba en camiones.
Polo cultiva papas y otras verduras en sus fincas, pero la pista no le libra de quedar incomunicado por los frecuentes desprendimientos tras las lluvias. "En los últimos veinte años ha habido al menos cuatro lluvias fuertes", asegura.
Las casas no tienen electricidad, a excepción de las que cuentan con placas solares.
En una casa cercana, Adrián la ha convertido en una vivienda vacacional. Más abajo, una pareja extranjera se instaló tras comprar una casa.
"Aquí la señal de televisión llega por satélite y solo se ven un par de canales", explica Polo mientras enseña la casa de Rosa, de La Salud, cuya toalla del Hospital de La Candelaria lleva casi un año colgada al sol.
Enfrente, la casa de Argelia, una vecina de unos 90 años que vive en San Andrés, recuerda cómo fue rescatada hace dos años.
Begoña Cruz, que vive a caballo entre La Laguna y aquí, y trabaja de noche en el Teide, disfruta del caserío con su marido, José Martín Guillén, vecino del número 1.
"La entrada de El Draguillo estaba llena de coches de alquiler... tuvieron que venir los bomberos para sacarla en camilla", recuerda sobre Argelia.
Martín llega contrariado: "En el Sáhara están mejor que aquí", critica la carretera, la falta de luz y las averías en la tubería.
También recuerda la promesa incumplida, tras el paso de la tormenta Delta, de pasar el cableado por la tubería ya instalada. "Cada vez que llueve quedamos incomunicados", lamenta. Añade que cuando la avioneta del Cabildo fumiga, "en seis días desaparecen los conejos". No porque sea cazador, aclara: "Como la carne que crío".
Martín y Begoña emprenden el regreso a la civilización. Polo se queda, como siempre, cuidando El Draguillo, un caserío donde los nuevos vecinos extranjeros no descartan ampliar su familia.
En la Anaga santacrucera, que abarca el 77% del parque, se descubre, a espaldas de Benijo, el caserío de El Draguillo. Con puestas de sol que hay que ver al menos una vez en la vida, el paraíso está empadronado aquí, con Polo y una pareja más.
Begoña Cruz, de 52 años y residente en La Laguna, es guarda forestal en el Parque Nacional del Teide. Cada vez que trabaja una noche, aprovecha los dos días libres que le corresponden y se va a la casa que su esposo, José Martín Guillén, heredó de su abuela. "Está loco por jubilarse para venirse a vivir aquí", dice, donde tienen sus gallinas, un conejo y un macho. También poseen una casa con terreno en la vecina hacienda de Las Palmas de Anaga, que no visitan desde la pandemia por la dificultad del acceso.
Kateřina Honců, de 29 años y natural de la República Checa, conoció Anaga a raíz de la covid, por sus idílicos senderos. Con su pareja, de origen alemán, se instalaron con su caravana en el sur de Tenerife, donde los precios son prohibitivos. Él trabaja en el mantenimiento de apartamentos que ella gestiona, además de teletrabajar como autónoma llevando redes sociales. Hace cinco meses adquirieron su casa y se convirtieron en los primeros vecinos llegados a El Draguillo en casi medio siglo.