
El recuerdo de la tragedia de la refinería de Santa Cruz de Tenerife, 32 años después del siniestro más grave de su historia
El 22 de junio de 1992, una explosión en la refinería de Santa Cruz de Tenerife causó la muerte de cinco trabajadores y marcó un antes y un después en los protocolos de seguridad industrial en España.
Tal y como recoge el Diario de Avisos, la memoria industrial de Santa Cruz de Tenerife guarda una cicatriz indeleble: el 22 de junio de 1992, la refinería de la capital tinerfeña fue escenario del siniestro laboral más grave de su historia. Aquel suceso, que se saldó con la pérdida de cinco vidas humanas, no solo supuso una tragedia personal para las familias de los operarios, sino que marcó un antes y un después en los protocolos de seguridad y prevención de riesgos en infraestructuras energéticas de alta complejidad en España.
El origen del desastre se localizó en una fuga de gases y vapores de gasolina durante las tareas de preparación de un cargamento. La investigación técnica posterior concluyó que la ignición fue provocada por el calor residual en el horno de hidrosulfuración-1, que, a pesar de estar fuera de servicio, actuó como foco de combustión para los vapores emanados de una brida defectuosa en la unidad de transferencias-2. La deflagración, que tuvo lugar a las 14:25 horas, sorprendió a cinco trabajadores en el núcleo del complejo industrial.
La respuesta de emergencia fue inmediata, con la intervención coordinada de los equipos contra incendios de la propia planta y el cuerpo de bomberos municipal, logrando sofocar las llamas en un intervalo de treinta minutos. No obstante, el balance humano fue trágico: uno de los empleados falleció en el lugar, mientras que los otros cuatro, tras ser estabilizados inicialmente en centros hospitalarios de Canarias, fueron trasladados a unidades especializadas en grandes quemados en Sevilla y Valencia. Pese a los esfuerzos médicos, el desenlace fue fatal para todos los afectados en los días posteriores al siniestro.
Este episodio subraya la vulnerabilidad inherente a las instalaciones petroquímicas, donde la gestión de la temperatura y el mantenimiento preventivo de los componentes de sellado son críticos para evitar efectos en cadena. En aquel momento, la dirección de la planta, encabezada por Javier Martín Carbajal, reconoció la magnitud del impacto y la valentía de los operarios, quienes, según los testimonios de los supervivientes, no dispusieron de tiempo material para reaccionar ante la rapidez con la que se propagó la llamarada. Más de tres décadas después, el suceso permanece como un recordatorio de la importancia de la cultura de seguridad en el sector industrial español.