
Playa Jardín recupera actividad, pero la confianza vecinal se resiste.
Tras casi un año cerrada por contaminación, Playa Jardín en Puerto de la Cruz ha recuperado la actividad comercial y la afluencia de bañistas, pero la confianza de los residentes locales en la calidad del agua aún no se consolida.
Tras casi un año de inactividad, Playa Jardín en Puerto de la Cruz ha recuperado la afluencia de bañistas y la actividad comercial, si bien la confianza plena de los residentes aún se resiste a consolidarse, según se ha podido constatar. El enclave, que permaneció clausurado durante 349 días, reabrió sus puertas el pasado 17 de junio de 2025, después de que las autoridades sanitarias del Gobierno de Canarias declararan aptas para el baño las aguas de sus tres tramos: El Castillo, El Charcón y Punta Brava.
El cierre de la playa, efectivo desde el 3 de julio de 2024, fue motivado por la detección de altos niveles de contaminación fecal. Un estudio encargado por el Ejecutivo autonómico identificó múltiples factores contribuyentes, incluyendo el funcionamiento deficiente de la depuradora de Punta Brava, la rotura del emisario submarino, graves carencias en la red de saneamiento y problemas en tres aliviaderos específicos (El Caletón, Playa Chica y la propia Playa Jardín). La respuesta institucional implicó una inversión superior a los dos millones de euros en la depuradora de La Orotava y la realización de más de veinte análisis favorables desde diciembre de 2024, lo que finalmente permitió la autorización de reapertura el 10 de junio de 2025.
La reactivación económica en el entorno de Playa Jardín ya es palpable. Establecimientos como el bar terraza Playa Jardín, en El Castillo, y el Burger de Playa Jardín, que reabrió en julio de 2025 tras cuatro años inactivo, reportan una clientela constante. Sus trabajadores observan que, a pesar de las recientes lluvias que han podido mermar la afluencia, los días soleados previos a la reapertura vieron las playas completamente concurridas, sugiriendo que el sector hotelero no sufrió un impacto determinante durante el cierre. Asimismo, el local de El Charcón, recientemente adjudicado por veinte años, se encuentra en proceso de reforma, y las terrazas vuelven a instalarse frente al mar, devolviendo dinamismo visual al área.
Sin embargo, esta recuperación no se traduce en una confianza unánime entre la población local. Numerosos portuenses expresan su reticencia a bañarse en las aguas de Playa Jardín. Residentes como Carmen García, que observa las playas a diario, manifiestan su inseguridad, especialmente cuando el mar se agita y presenta una apariencia que les genera desconfianza. Para ella, el daño del cierre trasciende la inactividad económica, afectando la reputación del municipio. Comparte la percepción de que, aunque la problemática de residuos fecales no es exclusiva de Puerto de la Cruz, la magnitud del incidente ha señalado al municipio de forma particular.
Esta desconfianza es compartida por otros vecinos. Paula González, por ejemplo, confiesa sentir "pavor" a bañarse, recordando una infancia en la que lo hacía sin preocupaciones, pero ahora consciente de la existencia de emisarios como el de Punta Brava. Su preocupación se extiende a la necesidad de mejoras estructurales más allá de la calidad del agua, como una limpieza profunda tras las lluvias que arrastran residuos por el barranco de San Felipe, el mantenimiento del parque infantil y una mayor vigilancia. Asegura que la imagen del municipio ha cambiado en su entorno universitario, donde muchos solo lo conocen por las noticias del cierre, aunque matiza que el turismo de masas continuó llegando incluso con la playa clausurada.
Alicia Domínguez, residente en el Toscal Longuera, también percibe el mar "sucio todavía" durante sus paseos semanales por Playa Jardín y considera que el cierre impactó directamente en la imagen turística. Lucía Palmero, por su parte, no ha vuelto a pisar la arena desde el cierre, alegando falta de confianza por la información difundida y la incomodidad de tener que desplazarse a otras zonas. Incluso ha escuchado comentarios sobre posibles erupciones cutáneas al bañarse.
A pesar de la cautela de los portuenses, Playa Jardín se enfrenta ahora al desafío de consolidar su recuperación, no solo en términos de calidad del agua y actividad económica, sino también en la restauración de la plena confianza de sus vecinos y visitantes, demostrando que puede volver a ser el paraje idílico que la contaminación le arrebató.