Paco Feria: "Hoy se pelean con la canción en el folklore canario."

Paco Feria: "Hoy se pelean con la canción en el folklore canario."

Recurso: Diario de Avisos

Destacada voz del folklore canario y exsolista de Los Sabandeños, Paco Feria reflexiona sobre la calidad actual del género y la importancia de la naturalidad en el canto.

Nadie discute que Paco Feria (La Laguna, 1951) es una de las voces más destacadas del folklore canario, de la lírica de las islas y de la canción sudamericana. Ingeniero técnico de Telecomunicaciones, también estudió seis años en la Escuela Superior de Canto de Madrid. Después de una etapa como artista y estudiante en la capital, decidió regresar a las islas, dejando atrás el canto lírico y la ópera. Consiguió una plaza de profesor en la especialidad de Imagen y Sonido, profesión que ejerció durante treinta años en centros educativos de Tenerife. Durante esas décadas, actuó como solista en varios grupos y ofreció conciertos en solitario. Fue parte de Los Sabandeños en su segunda etapa, entrando cuando salieron, entre otros, Julio Fajardo y Falo Perera. Paco comenta que, hoy en día, hay gente que al cantar una canción parece que se está peleando con ella. Es un hombre cordial y acogedor. Benito Cabrera, cuando era director de Los Sabandeños, le pidió que regresara al grupo, pero Paco ya tenía otros planes y no aceptó. Su bisabuelo compuso el villancico "Lo Divino", y Paco nos regala un pequeño recital en Los Limoneros.

—¿Por qué dejaste Los Sabandeños? ¿Cuál es la historia? —A principios de los años 70, Elfidio Alonso, entonces director del grupo, nos escuchó a mi hermano Manuel y a mí cantar canciones sudamericanas, sobre todo argentinas, y nos invitó a unirnos a ellos. Cinco años después, aprovechando que yo y otros compañeros no estábamos muy de acuerdo con la dirección, Elfidio decidió prescindir de mis servicios y me pidió que me fuera.

—¿Hay actualmente una "fiebre" de folklore canario? ¿Tiene calidad? —La "fiebre" del folklore es necesaria porque es la expresión musical del pueblo y cada uno la siente a su manera. Ahora bien, si se trata de subir a un escenario o de dar conciertos en televisión, es importante cuidar la calidad. Creo que se le falta el respeto al público cuando se nota la falta de ensayo y también la ausencia de calidad artística, tanto en las voces como en los instrumentos. En una romería vale todo, pero en un escenario, no.

—¿Fue Dacio el mejor? —Hay cantantes de todos los estilos y tipos de voces, desde agudas a graves. Quien canta en tonos más agudos no es mejor que quien lo hace en tonos graves. Dacio cantaba en voz media, de barítono.

—¿Dónde residía su mejor característica? —Las diferencias de Dacio Ferrera (1938-2007) con los demás, en mi opinión, eran muchas. Él siempre se preocupaba de que su sonido fuera bonito, algo que hoy en día no se tiene en cuenta. Nunca le escuché mantener un agudo más allá de lo que exigía la letra y la melodía de la canción. Esto me lleva a concluir que para mí fue el mejor, además de que poseía una voz preciosa y una gran intuición para el canto. Creó un estilo que muy pocos pueden lograr.

—Oye, Paco, eso que cuentas de que hay gente que, en vez de cantar una canción, se pelea con ella, ¿lo dices en serio? —La verdad es que lo digo en serio porque esa es la sensación que algunos cantantes me transmiten con esa brusquedad en el gesto y en la voz. Con ese llevar la canción al límite de tu voz, donde el sonido ya no es limpio y está a punto de quebrarse. Me pregunto si yo tengo necesidad de sufrir al escucharlos.

—¿Hay un antes y un después en la canción canaria con la aparición de Los Sabandeños? —No tengo datos de un "antes", solo algunas grabaciones antiguas. Sí tengo datos de un "después" porque viví la acogida del público, el éxito, cómo todos los imitaban, la proyección del folklore canario en todo el país y en el extranjero. Y te diré entonces que sí, que hubo un antes y un después de Los Sabandeños.

—En la introducción de la entrevista digo que Benito Cabrera te pidió que volvieras. —Es verdad. El grupo estaba pasando por un desequilibrio entre las voces agudas y las graves. En ese momento lo dirigía Benito Cabrera y, como sabía de mi voz grave, me llamó. Le pregunté si Elfidio lo sabía y me dijo que sí, que estaba de acuerdo en que reforzara las voces graves. Consideré que no era el momento de volver a un coro en aquella etapa de mi vida. Por supuesto, le agradecí que se acordaran de mí.

(Hablamos de su faceta como profesor. En Telecomunicaciones se especializó en Imagen y Sonido y, al llegar a Tenerife, se publicó una plaza de profesor de esa especialidad. Se presentó y estuvo impartiendo clases unos años hasta conseguir la cátedra. Treinta años permaneció enseñando. “Después de tantos años” –me dice— “lo que más me alegra es la cordialidad con la que me saludan cuando me encuentro con mis alumnos”).

—¿Notas que existe una especie de competencia, cuando algunos cantan, a ver quién grita más? —Yo lo que pienso es que la sociedad ha entrado en una etapa en la que lo que más vale es el espectáculo, casi el circo, en la canción. Y si el público pide eso, pues es lo que se le da; y se olvidan de cantar.

—Por eso te digo que parece una competición de gritos. —Sí, porque si un solo cantante se empeña en llevar su voz al máximo, y aguanta un agudo un poco forzado y mal colocado, y entonces a este le sigue otro cantante que quiere subir más y más, y el siguiente aún más, aunque tengan que cambiar la melodía, pues a mí también me parece que hay una lucha entre cantantes por ver quién llega más alto, y no por cantar mejor.

—¿Cómo fue tu época sabandeña? —Fue estupenda. Entré con 20 años y fui solista en varias canciones, grabé cuatro discos, canté con Dacio "La Muralla", con el "Minuto Palmero" subí a La Palma; canté "Pídele al viento firmeza", de Falú. Y algunas más.

—Me imagino las anécdotas de aquellos años. —Lo mejor de aquella época fue compartir actuaciones con grandes cantantes y grandes músicos. No usábamos partituras para tocar ni cantar, y eso le daba al grupo un toque de frescura y espontaneidad. Era como más natural. Yo he cantado con y sin partitura y la diferencia es enorme. La partitura debe ser solo para aprender. Aquellos años con Los Sabandeños me sirvieron para poder enfrentarme al público, yo solo, en aquellas salas de mis noches madrileñas, que fueron muchas.

—Ustedes eran incansables. —Me gustaría comentarte cómo éramos capaces de grabar dos discos grandes, unas 22 canciones, en ocho días, cuando hoy se tardan meses. La mayoría de las anécdotas son de bromas. Recuerdo ahora una graciosa: me hicieron una trastada y, como respuesta, conseguí poner fibra de vidrio en el cuello de la camisa de actuación del bromista, y era un espectáculo verlo cantar estirando el cuello.

—Buenos momentos, ¿no? —Cantando el Credo de la Misa Sabandeña, íbamos por la mitad y el solista cambió el tono. Una parte del grupo siguió en el tono original, mientras la otra parte buscaba el nuevo tono. De ahí salieron muchas bromas durante años.

—Lo tuyo viene de familia. Tu bisabuelo Cedrés compuso, entre otras melodías inolvidables, "Lo Divino". Tu padre cantaba zarzuela. ¿Se hereda todo esto? —Sí, sí que se hereda. En casa, mi padre cantó siempre, así que era natural en nosotros estar siempre cantando. También heredamos el físico, las cuerdas vocales, y como mi padre tenía una voz de bajo y mucho volumen, pues todos salimos con voces graves. En mi caso, llevaba muchos años cantando antes de estudiar seis años en Madrid, en la Escuela Superior de Canto. Allí trabajé mucho mi voz e intenté educarla, sobre todo en el canto lírico. Es muy importante cuidar la salud de las cuerdas vocales. Yo no fumo y bebo muy poco alcohol. Hay que descansar mucho la voz y mimarla si quieres cantar decentemente toda la vida. Bueno, y ponerle una vela al Cristo a ver si hay suerte y te la conserva.

—Háblame de tu bisabuelo, Fermín Cedrés, que tiene estatua en La Laguna. —Compuso "Lo Divino" y desde pequeño yo lo cantaba en casa, en el colegio y más tarde con Los Sabandeños. Creo que he ido cantando versiones diferentes en todas mis etapas. Recuerdo a mi abuela, su hija, tocándolo al piano hace 60 años. Recientemente lo hemos grabado en un video que salió esta Navidad para felicitar a los amigos, acompañado por Domingo el Colorado y Juan Carlos el Palmero.

—En una nueva versión. —La versión que hice fue como yo sentía la letra, como pensé que debería acentuarla para que se entendiera mejor, en un tono que, aunque grave, es cómodo para mi voz y sin forzarla, cantando con naturalidad, que me parece lo más adecuado para un villancico que siempre interpretamos en familia.

—Háblame de tu padre, que además de cantar bien era un atleta, como lo eres tú, que has subido a Las Cañadas en bicicleta muchas veces. —Te diré que en 1972 nos llamaron a mi hermano Manuel y a mí para cantar "Lo Divino" en Tenderete, en Las Palmas. Yo estaba en casa con la guitarra diciendo que nuestra actuación sería muy sosa, que mejor lo dejábamos. Entonces mi padre cogió la guitarra, tocó con fuerza y nos convenció de que solo con la guitarra se puede cantar. Mi padre tenía una de las voces más grandes y bonitas de cuantas he escuchado, llenaba los sonidos graves, tenía gran facilidad para los agudos sin cambiar el color de su voz; y su timbre y color eran preciosos. Podría haber hecho carrera con el canto, pero la fábrica que dirigía y siete hijos se lo impidieron.

—La canción sudamericana la interpretas de maravilla, Paco. —En el año 1967 llegaron a mi casa unos discos de folklore argentino (Fronterizos, Chalchaleros) y aquella forma de cantar nos cautivó enseguida. Era una manera distinta de interpretar las canciones a como estábamos acostumbrados. Cantaban a varias voces, con mucho ritmo, todas las canciones con melodías distintas. Pronto nos pusimos a aprenderlas y a cantarlas una y otra vez. Llegamos a ser casi unos profesionales del folklore argentino. Gracias a eso me contrataban tanto en Madrid. Viví allí la bohemia de los cantantes que, como yo, se ganaban la vida noche tras noche, aunque yo salía poco porque al día siguiente tenía que ir a la universidad.

(A los dos años de estar en Madrid, Paco se casó con la que hoy es su mujer, Marian, que es un encanto. Ella volvió con Paco a la capital de España, se hizo médica y él, ingeniero de telecomunicaciones. Luego, regresaron a Tenerife, dejando de lado la lírica y la ópera. Paco llegó a cantar con Alfredo Kraus y Pedro Lavirgen. Y, con Marian, han criado a sus dos maravillosos hijos, Elena y José, que completan la familia. “No sé si hicimos bien volviendo, pero así lo acordamos”, y añade:). —Sin contar el ciclismo, que la pone muy nerviosa, Marian me ha acompañado en todo y desde siempre en esta maravillosa aventura de vivir.

—Y sigues cantando. —Sí, porque una vez me encontré a un señor en un bar y me dijo que pensó que estaba muerto, porque ya no me escuchaba. Fácilmente le demostré que no. Incluso una amiga, Cristina Calvo, me propuso un concierto y desde entonces no hemos parado de cantar.

—Qué maravilla.