
Una investigación revela que la ermita de Tijoco fue refugio de familias conversas perseguidas por la Inquisición
Una investigación de la Universidad de La Laguna revela que la ermita de Tijoco, en Adeje, sirvió como refugio estratégico y centro económico para familias de conversos que buscaban proteger su legado frente a la persecución inquisitorial en el siglo XVI.
La reciente investigación académica liderada por José Antonio González Marrero, del Instituto de Estudios Medievales y Renacentistas de la Universidad de La Laguna, junto a la investigadora Carmen Rosa Escobar Suárez, arroja una luz inédita sobre el pasado del sur de Tenerife. El estudio, titulado Genealogías veladas, trasciende la mera crónica local para revelar cómo la ermita de Nuestra Señora de la Concepción de Tijoco, en Adeje, funcionó como un refugio estratégico para familias de cristianos nuevos que buscaban salvaguardar su legado frente a la persecución inquisitorial.
El análisis documental, basado en protocolos notariales y en los archivos del Santo Oficio custodiados en El Museo Canario, permite reconstruir la trayectoria de Antonio de Castro y Leonor Sánchez Falcón. Los investigadores han logrado vincular a este matrimonio con la propiedad del ingenio azucarero de Tijoco, un complejo productivo que, según los registros, ya estaba operativo antes de 1520. La evidencia sugiere que la infraestructura original fue impulsada por Juan Benítez, sobrino del Adelantado Alonso Fernández de Lugo, sobre terrenos conocidos anteriormente como Lomo de Ymay, un topónimo que los autores vinculan con raíces lingüísticas aborígenes.
La relevancia de este hallazgo radica en la naturaleza de sus propietarios. Lejos de ser simples terratenientes, los Castro y los Sánchez formaban parte de una red de familias conversas de origen judío que, tras abandonar la Península, intentaron consolidar su estatus social en Canarias mediante alianzas matrimoniales endogámicas y una gestión cautelosa de su patrimonio. El padre de Antonio, Bartolomé de Castro, es un caso paradigmático de esta tensión histórica: a pesar de haber ocupado cargos públicos en Garachico y La Laguna, su historial incluye procesos inquisitoriales por judaísmo, lo que obligó a la familia a mantener una fachada de ortodoxia católica bajo una estricta disciplina de silencio.
El estudio subraya cómo estas familias emplearon una estrategia de protección mutua ante el tribunal del Santo Oficio, especialmente durante el periodo de mayor presión inquisitorial entre 1528 y 1529. La dote matrimonial de mil doblas de oro, pactada en 1549 para la unión de Leonor y Antonio, no solo representaba una transferencia de capital —que incluía inmuebles en La Laguna y personas esclavizadas—, sino también la consolidación de un frente común. La posterior gestión de la hacienda por parte de herederos y donatarios, como Francisco de la Coba, confirma que el ingenio de Tijoco fue el eje económico que permitió a este linaje mantener su influencia durante décadas.
En última instancia, la ermita de Tijoco se revela hoy no solo como un vestigio arquitectónico, sino como el símbolo de una comunidad que, bajo la amenaza constante de la Inquisición, logró tejer una red de supervivencia. La investigación de González Marrero y Escobar Suárez transforma nuestra comprensión de este enclave, situándolo como un punto de encuentro donde la historia de la caña de azúcar y la memoria de los conversos se entrelazan de forma indisoluble.