
Nuevo libro narra la llegada de la electricidad a Canarias y la "prehistoria" del alumbrado.
Un nuevo libro detalla la "prehistoria" del alumbrado y la electricidad en Canarias, narrando la revolución que supuso la luz eléctrica desde su llegada a La Palma en 1893 hasta su expansión por el archipiélago.
Desde siempre, el ser humano ha buscado formas de iluminar su vida y su entorno. Durante siglos, ha experimentado con distintos materiales y métodos para conseguir y usar la luz. Desde la madera, el aceite, la belmontina o el gas, hasta llegar a la luz eléctrica, la introducción de la energía luminosa en hogares y alumbrado público ha supuesto una auténtica revolución.
Lo que hoy nos parece normal, hace 132 años era muy distinto. Al caer la noche, en las casas canarias se usaban palmatorias, velones o quinqués. Las calles se iluminaban con hachones, mechas de aceite, faroles de reverbero o lámparas de gas.
Godalming, en Inglaterra, y Gerona, en España, fueron las primeras ciudades en tener luz eléctrica en sus calles. A Canarias llegó el 31 de diciembre de 1893, comenzando por Santa Cruz de La Palma. Después, se extendió a La Orotava, Arucas, Santa Cruz de Tenerife, Las Palmas de Gran Canaria, San Sebastián de La Gomera, Valverde, Güímar, Icod de Los Vinos, Arrecife y Fuerteventura.
Este avance, de la casi oscuridad a la luz, es parte de la gran aventura humana que supuso la llegada de la electricidad a las islas. Cómo se producía y utilizaba esa energía ahora se recoge en un libro de 200 páginas: "La prehistoria del alumbrado y de la electricidad en Canarias". Su autor es Antonio Salgado, auditor y escritor tinerfeño.
Salgado, originario de La Palma, trabajó muchos años en la Unión Eléctrica de Canarias (Unelco). Allí, entre termostatos, transformadores y postes, nació su curiosidad por el origen de la energía en las islas. "Hoy pulsas el interruptor y se enciende la luz fácilmente. Pero yo quise saber qué se hacía cuando no existía la electricidad. Esa curiosidad me llevó a investigar y a recopilar la información para este libro", explica.
El autor añade que "el presidente de Unelco en aquel entonces, Eduardo de la Cruz, me ayudó a acceder a datos de todas las islas. Tras reunir esa información, empecé a investigar cómo llegó el alumbrado a calles, plazas y casas de cada rincón del archipiélago. La Palma fue la primera isla en tener electricidad en 1893, aprovechando la riqueza hidráulica de la Caldera de Taburiente".
Salgado señala que "este hecho causó mucho revuelo en las otras islas. Muchos ciudadanos no entendían cómo los palmeros podían permitirse ese lujo, mientras tinerfeños o grancanarios seguían usando faroles de reverbero o petróleo. Y eso que Santa Cruz de Tenerife era la capital de Canarias desde 1882".
La electricidad llegó a la capital tinerfeña en 1897, cuatro años después que a La Palma. "Esto se debió a los intereses creados en Santa Cruz por el negocio del petróleo. Sus dueños temían perderlo", relata Salgado. Añade que "los eslóganes en contra de la electricidad eran curiosos. Advertían a la gente que no se les ocurriera usar la luz eléctrica, porque si se ponían debajo de un farol podían quemarse y tener dolores de cabeza".
En aquel tiempo, según Salgado, "en Santa Cruz de Tenerife solo había dos lugares con electricidad: el Hotel Camacho, que presumía de tener 37 habitaciones con timbre y energía eléctrica, y el Casino. El resto de la capital seguía iluminándose con petróleo o aceite. Sin embargo, el primer municipio tinerfeño con alumbrado eléctrico fue La Orotava, y después Arucas, en Gran Canaria. El resto de Tenerife seguía en penumbras".
Esta falta de alumbrado público en la capital llevó al Ayuntamiento a crear una comisión municipal para su instalación. En 1896, se sacó a subasta la concesión del alumbrado público eléctrico, que ganó Juan Martí Balcells. Meses después, se constituyó la Compañía Eléctrica e Industrial de Tenerife. Se encargó la construcción del edificio que albergaría la estación central y las oficinas al arquitecto Antonio Pintor. El lugar elegido fue la plaza de la Carnicería, junto al Matadero (donde hoy está el edificio Mapfre).
El libro narra historias de luz que van desde cómo los guanches buscaban obtenerla para alumbrarse, calentarse y cocinar, hasta la última isla en recibir energía. Es un largo camino que ahora se recoge en este libro. "Me llevó mucho tiempo elaborarlo, pero está hecho con cariño y cuidado. Quiero agradecer a Pablo Alfonso, editor de Madrid, que confiara en hacerlo posible, porque aquí parece que la gente está dormida", comenta su autor.
Salgado también reflexiona sobre la luz urbana, preguntándose cuál es la que emana de la ciudad y cuál es su verdadera realidad como proyecto común. Sostiene que el Santa Cruz de Tenerife actual ha perdido su pulso firme y decidido de antaño. Como ejemplo, menciona la icónica Farola del Mar, que permanece apagada.