
El abandono institucional condena al olvido al caserío de Fuente Nueva en Arico
El caserío de Fuente Nueva, en el municipio tinerfeño de Arico, sufre un grave proceso de despoblación y abandono institucional al carecer de servicios básicos como electricidad, agua potable y gestión de residuos.
La desatención administrativa en las zonas rurales de Tenerife ha vuelto a situar en el foco el debate sobre la España vaciada, esta vez en el municipio de Arico. Tal y como recoge una reciente crónica publicada por Diario de Avisos, el caserío de Fuente Nueva, situado en la zona de medianías y colindante con Fasnia, ejemplifica la paradoja de un territorio que, pese a su valor patrimonial y etnográfico, sobrevive al margen de las infraestructuras básicas.
La situación de este enclave es crítica: sus escasos diez residentes permanentes carecen de suministro eléctrico, red de agua potable y servicios de gestión de residuos. Esta carencia de servicios públicos, que contrasta con la dotación de suministros en núcleos cercanos separados apenas por un barranco, ha provocado un proceso de despoblación progresiva. Lo que en la década de los cuarenta del siglo pasado albergaba a cerca de 400 personas, hoy se ha convertido en un espacio donde la actividad agrícola ha sido sustituida por el abandono, dejando el mantenimiento de los caminos y la custodia del patrimonio en manos de los propios vecinos y antiguos residentes.
El análisis de este caso revela una brecha entre la realidad rural y la gestión municipal. Mientras que el Ayuntamiento de Arico mantiene la titularidad del territorio, los habitantes denuncian una falta de sensibilidad política histórica para dotar a la zona de servicios esenciales. Esta desidia institucional ha forzado a los propietarios a asumir funciones de mantenimiento que, por ley, corresponderían a la administración local, como la reparación de pistas de acceso —una de las cuales requirió catorce años para su ejecución— y la limpieza de vías públicas.
El valor de Fuente Nueva reside en su riqueza vernácula: hornos, eras, cuevas, galerías y caminos reales que conforman un paisaje cultural en riesgo de desaparición. La resistencia de figuras como María Jesús Flores Pérez y Yoli García González, quienes lideran asociaciones vecinales para preservar el legado familiar y la memoria histórica del lugar, actúa como el último dique de contención frente al deterioro. Sin embargo, la falta de relevo generacional y la ausencia de una estrategia de revitalización por parte de las autoridades locales sugieren que el futuro de este enclave depende exclusivamente del arraigo emocional de sus custodios, y no de una planificación pública que garantice la habitabilidad y el desarrollo sostenible de este sector de la isla.