
Lomo de Mena: el caserío de Güímar que lucha por no desaparecer
Lomo de Mena, un caserío de Güímar en Tenerife, lucha contra la despoblación y la pérdida de servicios esenciales, mientras sus 200 habitantes mantienen una vida tranquila y el espíritu comunitario.
Son casi las doce del mediodía. La campana de la iglesia de la Santa Cruz suena con fuerza. Cinco minutos después, vuelve a repicar para marcar la hora en punto y el ritmo tranquilo de la vida en Lomo de Mena, un caserío de Güímar, al sureste de Tenerife. Por la empinada cuesta que lleva a la iglesia, apenas pasan un par de coches, a los que dos perros ladran sin parar.
El caserío, dividido por la carretera general del Sur (la TF-28), fue fundado a principios del siglo XVI por Gonzalo de Mena, de quien toma su nombre. Se extiende desde la cumbre hasta la costa, luchando por no desaparecer ante la despoblación. Aquí viven unas 200 personas, en casas dispersas por el lomo. José Pérez Castro es uno de esos vecinos.
Su piel morena, quizás por el sol de su jubilación, se mezcla con el azul del cielo y un sol radiante que él agradece. "Ya viene bien el calorcito, porque por las mañanas y por las tardes hace mucho frío en las casas", comenta. Pérez Castro es de Lomo de Mena de toda la vida: "También mis padres y mis abuelos". Tiene dos hijos. Una de ellas decidió arreglar una casa que él le heredó y vivir en el pueblo. Es una excepción, ya que la mayoría de los jóvenes se van. Su otro hijo, por ejemplo, vive en Santa Cruz y trabaja en La Laguna.
José cuenta que personas sin ningún lazo con Lomo de Mena están comprando casas y viviendo en el barrio, sobre todo en la parte baja. "Hay bastantes personas de Venezuela, por ejemplo. La pena es que la mayoría no se relaciona", dice, echando de menos la vida en comunidad. A menudo se cruza con gente a la que no puede saludar porque no conoce. Algo raro en un sitio así. También hay varias casas dedicadas al alquiler vacacional. Sin embargo, cuando le preguntan si esto le da más vida al lugar, se queja: "Es gente que no hace vida aquí".
Pérez Castro fue agente de medio ambiente, por lo que conoce muy bien la zona. Nunca se fue de Lomo de Mena, salvo por motivos de trabajo. Estuvo varios años en La Palma ejerciendo su profesión.
La conversación es agradable. "A finales de año cerraron la última tienda que teníamos y también el bar del centro cultural", comenta con tristeza. Esto significa que "si estamos en casa y necesitamos algo urgente, no tenemos nada cerca. Tenemos que ir hasta La Medida, el caserío vecino, que todavía tiene una pequeña tienda abierta", explica. Hablando de cierres, Pérez Castro también recuerda el de hace unos diez años: la cooperativa agrícola El Calvario. Era el corazón de la actividad agrícola y "llegó a tener medio millar de socios de Agache y el Valle de Güímar. Vendía la mayor parte de los tomates y papas de la zona, y también suministraba abonos, semillas y otros productos del campo a menor precio a los agricultores de la comarca", según Octavio Rodríguez Delgado, cronista oficial de Güímar, en su libro 'Apuntes para la Historia de Lomo de Mena (Comarca de Agache, Güímar)'.
Tampoco tienen médico. Pérez Castro va al centro médico de Güímar, aunque también hay consulta en el barrio vecino de El Escobonal. Otra de las cosas que hace a diario fuera del pueblo es "ir a comprar el pan por la mañana, y traigo también el de otros vecinos", dice, mostrando su espíritu comunitario.
El centro cultural y la plaza del barrio son un símbolo de unión: los construyeron los propios vecinos. Sobre el edificio del centro, José recuerda "cómo hicimos la obra entre todos. Tiene tres plantas y el Ayuntamiento nos dio los materiales, pero el resto lo hicimos nosotros". Fue en 1991. Ahora, allí se dan clases de yoga o manualidades. Pérez Castro subraya que el centro cultural recibió la medalla de plata del Ayuntamiento de Güímar por la gran actividad que ha tenido desde que existe.
Detrás de José Pérez Castro se encuentra el antiguo colegio, un edificio de dos plantas construido en 1960 que funcionó como escuela hasta 1998. Al principio, tenía casi 50 alumnos. "Antes había tantos niños que llenaban las dos plantas de la escuela. Estaban separados: los niños en una planta y las niñas en otra. Ahora quedan pocos", empieza a enumerar, contando a los que viven cerca. No llega a diez. Pero sí recuerda a todos los niños que vivían alrededor de su casa cuando era pequeño: "nosotros éramos cuatro hermanos, pero es que en la casa de al lado eran siete, en la de más arriba ocho y al lado otros siete", cuenta para mostrar cuánta gente vivía entonces.
A pesar de todo, el vecino de Lomo de Mena tiene claro que "aquí se vive bien. Tranquilito. Un día cualquiera para mí es ir a mis tierritas. Cultivo un par de cosas para mí y para mis hijos. Después, me junto con los amigos para conversar un rato y poco más", resume. Trabajar la tierra ahora es un pasatiempo, pero en la infancia de José era una obligación. "Mi padre era albañil, pero también se cultivaba. A los niños nos ponían a echar el guano", refiriéndose al estiércol.
"Antes había cabras, alguna vaca, aunque no tantas, pero ya no queda nada de eso", dice. La vida del campo quedó atrás, aunque todavía hay gente en Lomo de Mena que cultiva sus parcelas. Eso sí, "no viven aquí, sino que vienen, hacen sus tareas y se van. Este que acaba de pasar vive en Santa Cruz", señala, refiriéndose a un conductor con el que acaba de hablar.
Sobre la actividad agrícola, su explicación para el abandono del sector en pueblos como Lomo de Mena es sencilla: "Si en Canarias hay 88 municipios, con 88 concejales de agricultura y unos siete consejeros de agricultura, ¿por qué solo el 33% de la superficie de Canarias es tierra de cultivo?", se pregunta, comparando la cantidad de cargos públicos con la poca actividad agraria.
La forma de Lomo de Mena, con sus bancales, muestra cómo se adaptaron al terreno. Pequeñas terrazas de roca porosa y de color ocre evidencian el abandono de la agricultura. Siguen allí, pero sin cultivar. Es una de las primeras imágenes que se le quedan grabadas al visitante.
Si le preguntan al vecino de Lomo de Mena por lo que necesitan, recuerda una anécdota: la instalación del agua y sus tuberías. "Nos las tuvimos que arreglar nosotros porque no viene nadie", cuenta con energía. "Solo hicimos un trozo con una subvención y nos costó un follón tremendo para que nos la dieran. Todos los días nos pedían papeles, hasta que un día nos dicen que se había perdido el expediente", se ríe.
Pérez Castro es feliz en Lomo de Mena, aunque tenga que salir del pueblo para ir al médico, comprar el pan o, incluso, este periódico para leer un reportaje sobre la tierra que lo vio nacer y crecer.