
Lola Herrera: la resistencia cultural de una actriz nonagenaria frente a la polarización social
La veterana actriz Lola Herrera reivindica la vigencia del teatro como herramienta de resistencia cultural y reflexión política ante la precariedad del sector y la polarización social actual.
La longevidad profesional de Lola Herrera, que alcanzará los 91 años el próximo 30 de junio, trasciende la mera anécdota biográfica para convertirse en un fenómeno de resistencia cultural en el panorama escénico español. Tal y como recoge el diario El País en una reciente entrevista, la intérprete vallisoletana mantiene una actividad ininterrumpida que, lejos de limitarse a la nostalgia, se articula a través de una mirada crítica sobre la deriva política y social contemporánea.
La actriz, que presentó recientemente la obra Camino a la Meca en el festival Veranos del Taoro de Tenerife, utiliza su actual personaje —una mujer enfrentada a las convenciones del apartheid sudafricano— como vehículo para reflexionar sobre la regresión de derechos y la fragilidad de las conquistas democráticas. Herrera vincula esta inquietud con una preocupación generacional: la percepción de que el tejido social actual, marcado por la inmediatez digital y la atomización del individuo, está perdiendo la capacidad de escucha y de construcción colectiva que el teatro, por su naturaleza presencial, aún logra preservar.
En su análisis sobre la evolución de la profesión, la actriz subraya una paradoja: mientras que el acceso a la formación interpretativa se ha democratizado exponencialmente, las condiciones laborales para los nuevos talentos se han precarizado, dificultando la estabilidad que ella misma disfrutó durante décadas. Herrera, quien reconoce haber encontrado en el teatro su vocación definitiva tras un inicio fortuito en la radio, sostiene que la precariedad de las giras actuales y la pérdida de rituales tradicionales del sector son síntomas de un modelo de gestión cultural que ha priorizado la tecnología sobre la sostenibilidad humana.
Más allá de su trayectoria, el testimonio de la actriz adquiere un matiz político al evaluar el estado de la democracia española. Herrera manifiesta una profunda inquietud ante el auge de discursos totalitarios y la falta de memoria histórica, señalando que la gestión de la Transición no ha sido suficiente para blindar a las nuevas generaciones frente a la desinformación. Para la intérprete, el escenario sigue siendo el único espacio donde, a falta de ensayos para la vida real, es posible generar una reflexión compartida que actúe como contrapeso a la polarización. A pesar de las dificultades, Herrera reivindica su carrera como un ejercicio de gratitud, reafirmando su compromiso con un oficio que, a sus nueve décadas de vida, sigue considerando imprescindible para la salud democrática de la sociedad.