
Las Lagunetas: El latido de la tradición en Teno.
A pesar del envejecimiento y la despoblación, el barrio de Las Lagunetas en Buenavista del Norte conserva su arraigado espíritu comunitario, tradiciones agrícolas y la vitalidad de sus vecinos, incluyendo nuevos residentes extranjeros.
El sol asoma tímidamente, iluminando la cumbre. Un gallo canta y, de fondo, se oye el balido de dos corderos. Sebastián López Martín, a quien todos conocen como Juan, prepara su 'piva' para arar las huertas que tiene bajo su casa. Con 85 años, la agricultura, a la que ha dedicado toda su vida, es ahora su pasatiempo. Juan vive en el barrio de Las Lagunetas, en Buenavista del Norte, un pequeño desvío a la izquierda en la carretera TF-436 que va hacia Masca, en pleno Parque Rural de Teno.
Aunque el barrio apenas tiene dos calles y unos 20 vecinos, la energía y la vitalidad se sienten en cada rincón. Un buen ejemplo es Miñona Acevedo Ávila, conocida como Herminia. Ella está casada con Juan y juntos viven en Las Lagunetas. Sus manos, curtidas por el trabajo, reflejan una vida dedicada al campo. "Nuestra infancia no fue fácil, porque trabajábamos cuidando vacas, cerdos, cabras y también teníamos bestias", cuenta Miñona, una mujer de pelo corto, rizado y cano.
Además de los animales, Miñona, con sus 83 años, recuerda que sembraban papas, trigo, garbanzos, lentejas, millo y chochos. "Todo eso era para nosotros", aclara. La tierra del barrio era su despensa, y nunca pasaron hambre. "Vendíamos trigo, papas y queso. De pequeñas —ella y sus tres hermanas—, antes de ir a la escuela en El Palmar, teníamos que cuidar las cabras descalzas. No teníamos dinero para comprar zapatos de lona. Solo nos los poníamos para ir al colegio o para salir", cuenta, resumiendo la dureza de la niñez en las medianías de Tenerife durante los años 40 y 50.
Sí, estudiaron. Venía a darles clase Pepe Ramos, a quien llamaban 'tío Pepe'. "Aquí, aunque no fuéramos familia, todos éramos tíos o tías", explica Miñona, y empieza a nombrar a varias personas a las que se les anteponía el 'tío' o la 'tía'. Esto demuestra la amabilidad y cercanía del barrio. También recuerda que "antes, cuando alguien moría en Las Lagunetas, mi madre nos ponía un delantal negro durante 15 días o un mes, aunque solo fuéramos vecinos". Era su forma de "guardar luto".
En Las Lagunetas no hay supermercado, pero el más cercano está en El Palmar, a pocas curvas de distancia. Lo mismo ocurre con el consultorio médico, donde "te atienden todos los días y los viernes, si lo necesitas, vienen a tu casa", cuenta Miñona.
Mientras habla, Miñona no para quieta. Es una 'jiribilla', como ella misma dice: "Yo me estoy meneando". Se ríe con facilidad y se entusiasma al charlar. Su agilidad física y mental sorprende; incluso corre para atender a un sobrino. Insiste en que la vida fue dura, pero "teníamos de todo para comer. Había vecinos que no tenían tierras y lo pasaban peor. Vivían de ir al monte a por ramas para conseguir leña". Practicaban el trueque, pero también compartían y "nos ayudábamos los unos a los otros", confiesa. "Si yo cogía papas hoy, solo cogía yo. Luego venían todos los vecinos, unas 30 o 40 personas, y se cocinaban en la huerta. Llevábamos el pan, el gofio y el queso hasta la cima del lomo", señala hacia la cumbre boscosa que forma parte del Monte del Agua.
"No he contado cuántos vecinos hay aquí ahora mismo", confiesa Miñona, pero sí recuerda que antes "éramos más de cien familias y viviendas. Ya hay muchas casas que no se ven", y se gira de nuevo hacia el lomo para narrar cómo "algunas casas se han 'enriscado', pero aquí había mucha gente", afirma con rotundidad. Algunas de esas viviendas están ocultas entre la maleza, en el camino de Arrandianes que conecta con la pista del Monte del Agua. En realidad, la gente no se va de Las Lagunetas en masa. Para Miñona, el gran problema es el envejecimiento y la inevitable muerte de la población.
Esta pérdida de habitantes se compensa con la llegada de varios extranjeros que compran casas y se instalan en Las Lagunetas. Es el caso de Barry y Hiroko McNelis, él irlandés y ella japonesa. Miñona habla maravillas de su nuevo vecino, y él está encantado con el lugar. "Buscábamos vivir en la naturaleza y un sitio tranquilo. Antes vivíamos en La Orotava, pero alguien nos habló de este sitio y llevamos aquí unos tres años", cuenta Barry en un español un poco atropellado, pero que le permite entenderse perfectamente con Miñona y Juan.
El entendimiento es tal que Barry, con su sombrero de vaquero y su peto de trabajo, siembra y recoge papas, corta la viña o hace lo que sea necesario junto a ellos. Está totalmente integrado en el barrio y tiene su casa con varias parcelas donde cultiva mangos, aguacates o papas. Así pasa sus días. También recorre los numerosos senderos del parque rural. Otros vecinos, de nacionalidad lituana, holandesa o coreana, también llegan a Las Lagunetas, pero pasan temporadas cortas o, simplemente, hacen su vida aquí.
El corazón de Las Lagunetas es el bodegón Patamero. Es el único servicio del barrio, un referente gastronómico en el Valle de El Palmar que da mucha vida a este rincón de Buenavista. Allí, donde antes había una antigua venta, los hermanos Rodríguez Ávila, ambos con los ojos claros como su madre, apuestan por el producto local. "Aquí somos pocos, pero hacemos mucho ruido", explica Rosi Rodríguez Ávila, recordando una castañada que organizaron hace unas semanas.
Rosi, que ya lleva el gorro de cocina preparando la apertura del restaurante, decidió quedarse a vivir en Las Lagunetas y, junto a su marido, son de los más jóvenes del barrio. Ella tiene 59 años. La falta de trabajo, sumada al envejecimiento de la población, hace que "nadie se quede. Aunque hay gente que está volviendo por los problemas de vivienda", explican.
La familia que lleva el bodegón está presente en casi todo el barrio, convirtiendo el lugar en un verdadero hogar. Son ellos quienes organizan las fiestas en honor a la Cruz desde hace 30 años. Una tradición que fundó el alcalde pedáneo José González Martín, más conocido como José Romaldo. La figura del alcalde de barrio se perdió con el tiempo y las facilidades administrativas, pero en Las Lagunetas se le recuerda por conseguir la construcción de la plaza, el centro cultural, el parque infantil y la iglesia. Él sembró la semilla de la comunidad y ahora, 40 años después, se recogen los frutos de esa semilla.
Aunque queden pocos vecinos en Las Lagunetas, siempre se mantiene el espíritu de sobrevivir y compartir unas papas, un vino o unos trozos de carne alrededor de una mesa.