
La Sombrera: el caserío tinerfeño que renace.
El pequeño caserío tinerfeño de La Sombrera, en Fasnia, revierte su declive demográfico con un repunte poblacional impulsado por la resiliencia comunitaria y la situación del mercado de la vivienda, pese a la ausencia de servicios básicos.
La Sombrera, un pequeño caserío en el municipio tinerfeño de Fasnia, se erige como un testimonio de la resiliencia comunitaria frente a los desafíos demográficos y la presión inmobiliaria que caracteriza a las Islas Canarias. Según un reciente reportaje, esta localidad, que alberga a cerca de sesenta residentes en su día a día, ha experimentado un notable repunte poblacional en los últimos años, revirtiendo una tendencia de declive que se extendió durante décadas.
Este crecimiento, particularmente acentuado tras la pandemia de COVID-19, contrasta con periodos anteriores de emigración, como la salida masiva a Venezuela en los años 50 y 60 del siglo XX, o el éxodo de hace quince o veinte años en busca de oportunidades laborales. Actualmente, la llegada de nuevos habitantes, incluyendo personas de otras zonas que adquieren propiedades y descendientes que recuperan antiguas viviendas, se vincula directamente con la compleja situación del mercado de la vivienda en el archipiélago, impulsando una revitalización demográfica.
A pesar de la ausencia de servicios básicos como supermercado, centro médico o colegio —el último cerró hace años, obligando a los niños a desplazarse a Fasnia o La Zarza—, los vecinos de La Sombrera enfatizan la calidad de vida que ofrece el lugar. La cohesión social se manifiesta en la ayuda mutua, donde la previsión y el apoyo entre hogares suplen las carencias. Un ejemplo de esta dinámica es el 'telecentro', un espacio municipal que dinamiza el barrio semanalmente con talleres y actividades, y donde figuras como Margarita Tejera desempeñan un papel central en la articulación de la vida comunitaria.
La memoria colectiva es un pilar fundamental en La Sombrera, simbolizada por un 'árbol de la vida' que recoge imágenes de antiguos residentes. Los relatos de antaño, como la llegada de la electricidad a finales de los años 70 —que, paradójicamente, para algunos no mejoró la visión en tareas como la costura respecto al carburo— o el sistema de comunicación con una colcha en la azotea para avisar de llamadas al único teléfono del barrio en 1985, ilustran la capacidad de adaptación y el ingenio de sus habitantes. La pequeña iglesia, construida por los propios vecinos, también representa este espíritu de autogestión y unión.
Aunque la población joven es escasa debido a la falta de oportunidades laborales, la proximidad a la autopista y a núcleos urbanos como Santa Cruz o el sur de la isla se percibe como una ventaja que compensa el aislamiento. El fuerte sentido de pertenencia, incluso entre quienes no nacieron en el caserío, y la dedicación a preservar las historias y tradiciones, como la elaboración de pan de leche en el horno de María hasta 1970, sugieren que, a pesar de los cambios, el espíritu de La Sombrera permanece arraigado y vital.