
La Pérouse: Expedición científica francesa del siglo XVIII hizo escala en Canarias.
La expedición científica de La Pérouse, enviada por Luis XVI en 1785 para explorar el Pacífico, desapareció misteriosamente y sus restos fueron encontrados décadas después en la isla Vanikoro.
El rey Luis XVI de Francia me encargó liderar una expedición alrededor del mundo para estudiar geografía, ciencia, culturas, política y economía en el Océano Pacífico. Entre los 200 hombres que me acompañaban, había tres naturalistas, un astrónomo, un médico y tres dibujantes.
Salimos del puerto de Brest, en Francia, el 1 de agosto de 1785. Íbamos en dos fragatas, La Brújula y El Astrolabio, equipadas con los instrumentos más modernos de la época, convirtiéndolas en observatorios y laboratorios flotantes.
El 19 de agosto de 1785, llegamos a Santa Cruz de Tenerife, después de una breve parada en Madeira. Allí visitamos al Comandante General, el Marqués de Branciforte, que era mariscal de campo y gobernador general de las Islas Canarias. Durante nuestra estancia, nos demostró su amistad en todo momento.
Instalamos un observatorio en la explanada del muelle para comprobar el funcionamiento de los relojes marinos de las fragatas y ajustarlos con nuestros relojes astronómicos. También aprovechamos para hacer observaciones sobre la latitud y la longitud. Durante la escala, cargamos 60 pipas de vino en cada barco, ya que el precio era de 600 libras el tonel (cuatro barricas), mientras que en Madeira costaba 1300 libras. Esta tarea nos llevó 10 días, que nuestros naturalistas aprovecharon para subir al Teide con varios oficiales de los barcos.
El señor de La Martinière, botánico de la expedición, recogió plantas por el camino y encontró varias especies interesantes que podrían cultivarse en la región de Languedoc (Francia). Por ejemplo, la retama, que según él, podría servir como leña y como alimento para el ganado cabrío, tal y como observó allí. El señor Robert de Paul, caballero de Lamanon, médico, mineralogista y meteorólogo, midió la altura del Teide con un barómetro, obteniendo un resultado de 1.902 toesas (3.708 metros).
Lamanon describió el cráter del Pico como una zona llena de azufre, de unos 50 toesas de largo por 40 de ancho, con una pendiente pronunciada de oeste a este. En los bordes del cráter, especialmente en la parte más baja, había varias chimeneas que expulsaban vapores de agua y ácido sulfúrico, cuyo calor hizo que el termómetro subiera de 9ºC a 34ºC. El interior del cráter estaba cubierto de arcilla amarilla, roja y blanca, y de bloques de lava descompuestos. Debajo de estos bloques, encontró cristales de azufre en forma de octaedro romboidal, algunos de casi un dedo de altura, que consideró los más bonitos que había visto.
El señor de Monneron, capitán del cuerpo de ingenieros, contrató a ocho hombres y siete mulas para transportar su equipo al Pico. Quería comparar su medición de la altura con la realizada a nivel del mar, ya que era la única forma de medir la montaña que no se había intentado antes. Aunque tenía experiencia en este tipo de trabajo, se dio cuenta de que los obstáculos eran menores de lo que pensaba. En un día, llegó a una especie de llanura elevada de fácil acceso. Sin embargo, cuando creía que iba a tener éxito, los guías le pusieron problemas que no pudo solucionar, ya que las mulas no habían bebido agua en 72 horas. No pudo convencer a los muleros para que se quedaran más tiempo, así que tuvo que dejar el trabajo a medias.
El 30 de agosto a las tres de la tarde, zarpamos con los barcos llenos de provisiones para llegar a las islas de los mares del Sur.
Jean-François de Galaup, conde de La Pérouse (Francia, 1741-1788), ingresó en la Marina Real a los 15 años y demostró su habilidad en los combates contra los británicos durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos.
Esto le valió el reconocimiento del rey Luis XVI, quien le encargó dirigir esta expedición en 1785. El objetivo era cartografiar las costas desde Sudamérica hasta Alaska, explorar las islas del Pacífico y visitar China, Filipinas y Australia, aportando datos importantes sobre la geografía y la vida marina.
Su desaparición, junto con los científicos que le acompañaban, causó conmoción en Francia. La Asamblea Constituyente francesa envió una misión en su búsqueda, que comenzó en su última escala conocida en la Bahía de la Botánica (actual Sídney) el 10 de marzo de 1786, cuando las fragatas pusieron rumbo a las islas de la Amistad (Tonga). Sin embargo, no fue hasta 1827 cuando se encontraron restos de sus barcos en la isla Vanikoro (actual isla Salomón), confirmando que habían naufragado en un arrecife.
El relato del viaje de La Pérouse se publicó a partir de los mapas y diarios que se trajeron de Australia, siendo de gran ayuda para futuras expediciones.