
La Juncia: el caserío de Los Silos que se vacía pero no se olvida
El caserío de La Juncia, en Los Silos, experimenta un éxodo rural que lo ha dejado con solo cinco residentes permanentes, pero sus antiguos vecinos mantienen un fuerte arraigo y conexión con su pasado.
La Juncia tiene una cualidad especial: la de sorprender. A primera vista, este rincón escondido entre los riscos de Los Silos parece un lugar de una soledad abrumadora, donde el silencio se mezcla con una vida inmóvil. Pero de repente, aparecen unos podencos juguetones que llenan el aire de alegría. Entonces, La Juncia se muestra en todo su color, y uno puede sentir la felicidad y la tranquilidad de un tiempo pasado en plena naturaleza.
Sin embargo, el dicho "cualquier tiempo pasado fue mejor" encaja perfectamente con la realidad de este caserío. Hoy ya no vive aquí nadie que haya nacido en La Juncia. Solo residen cinco personas: un matrimonio extranjero con sus hijos. Es un número que a veces confunde, porque, según a quién se pregunte, en La Juncia no vive nadie o viven cinco. Ser de aquí, de toda la vida, le da un valor especial a la gente.
Nieves González Acosta nació en La Juncia. Toda su familia es de aquí, excepto la materna, que es de Tierra del Trigo, otro pueblo de Los Silos que lucha contra la falta de agua y está enclavado en el paisaje protegido de los acantilados de La Culata. Nieves está ahora mismo haciendo las tareas diarias que realiza cuando visita la que fue su casa hasta hace 40 años: allí nació, vivió y se casó. Cuando llegaron sus hijos, decidió mudarse al centro del municipio. "Queríamos otra vida para ellos. Para ir a la escuela había que bajar por un caminito muy estrecho, pegado a un barranco, con viento o con lluvia", cuenta con naturalidad.
Esta mujer de Los Silos, nacida en La Juncia, no quiere fotos ni vídeos. Lleva guantes porque estaba trabajando en sus huertas de papas y millo, lo único que planta porque la fruta "se la comen los bichos". Un gorro cubre su cabeza y, cuando la sombra se le escapa de los ojos, los arruga para buscar en sus recuerdos: "La Juncia está triste", dice. "No es como estaba antes", añade tras una pausa pensativa. Luego, empieza a nombrar a quienes vivían en cada casa, hasta concluir que toda su familia formaba parte de este lugar tan íntimo. Señala cada una de las viviendas, casi todas bien conservadas, y calcula: hasta unas 30 personas vivieron aquí durante el siglo pasado.
Así como habla de tiempos de mucha vida vecinal, Nieves empieza un recuento que muestra el éxodo rural que fue vaciando La Juncia. Eso sí, las idas y venidas durante los fines de semana son constantes. En La Juncia, parece que no vive nadie, pero siempre hay gente. Porque Nieves y su marido suben todos los días, "unas personas del Sur vienen todas las tardes, hay un chico de Tierra del Trigo con sus perros que viene a cuidar las huertas". Y es que el arraigo es muy fuerte. "Aquí había una unión tan bonita. Siempre estábamos todos juntos. Si se mataba un cochino, comíamos todos juntos... Éramos muy unidos", dice González Acosta. Además del arraigo, uno siempre vuelve a los lugares donde fue feliz.
Recordando esa solidaridad, Nieves evoca la instalación del agua potable en las casas. Les dejaron las tuberías en lo alto de la loma y todos los vecinos colaboraron para bajarlas al caserío, tubo a tubo. Su padre se encargó de organizar el reparto y de ser el contacto con el Ayuntamiento de Los Silos, cuyo alcalde era entonces Gaspar Sierra.
La vecina de Los Silos asegura que no es buena para hablar, pero la conversación no se detiene. Despierta y entregada, explica la relación de La Juncia con El Tanque. Por la distancia, el caserío está más cerca de este último municipio que de Los Silos, al que pertenece. Cruzaban caminos –a los que no se atreve a llamar senderos– que ya no existen para llegar al pueblo de El Tanque. Lo hacían para ir de compras, porque "aquí nunca hubo tiendas. O íbamos a Tierra del Trigo o a El Tanque. Cuando teníamos que comprar telas o zapatos, el destino era Icod de los Vinos", recuerda.
Burros, yeguas o caballos eran las "bestias" que cargaban con las compras cuando eran grandes cantidades. Entonces, uno iba hasta El Tanque, cogía la guagua hasta Icod de los Vinos y compraba. Otro calculaba aproximadamente una hora, cogía el animal necesario, lo llevaba hasta la parada de la guagua y allí recogía al primero que había comprado en Icod. "Aquí estuvimos mucho tiempo incomunicados", comenta. Sitúa la construcción de la carretera, hoy perfectamente transitable, hace unos 50 años. Reconoce que "ahora vivir aquí no sería tan difícil como antes". Sin embargo, la lejanía sigue siendo un problema para lugares con una tranquilidad que, a veces, resulta incómoda, como La Juncia.
Los animales, junto con la agricultura, fueron el principal sustento económico del caserío en las medianías de Los Silos. Nieves González cuenta que no se practicaba el pastoreo como tal, "sino que tenían las cabritas y las vaquitas en corrales. Había mucha huerta plantada y dejarlas sueltas era un peligro para la cosecha", explica. Ve unas gallinas por el patio de su casa y recuerda que sus padres también las tenían y "cochinos en los goros", dice riendo. Ahora mismo, además de las aves que andan a sus anchas por la casa, tiene gatos y perros que ladran al menor ruido.
Los ladridos de los perros ahuyentan a posibles intrusos. González Acosta recuerda un episodio angustioso de ocupación de algunas casas cercanas a su propiedad en 2024. El riesgo aumenta en lugares tan solitarios como La Juncia. Resulta difícil imaginar un momento tan tenso, con la participación de decenas de agentes de varios cuerpos policiales, como el que relata la vecina en un lugar de tanta calma.
En el patio de la casa familiar, se asoma tímidamente un columpio colgado de un gran naranjero. Nieves tiene cuatro nietos a los que les gusta "venir para arriba. Cuando pueden, porque cuando no tienen colegio, tienen fútbol o no sé qué cosa", dice entre risas, viendo una infancia muy diferente a la que ella vivió. Aunque fue al colegio en Tierra del Trigo, sí tuvo que ayudar a sus padres en las tareas del campo: "Ir a buscar agua, cestos que hacían falta para recoger, sacos... lo que nos mandaran nuestros padres, teníamos que hacer", aclara. Los hijos y nietos de Nieves tienen una suerte inmensa de contar con un lugar como La Juncia para jugar y conectar con la naturaleza. Es un verdadero privilegio.