
Icod de los Vinos: adrenalina y tradición en las Tablas de San Andrés.
Icod de los Vinos celebra la víspera de San Andrés con el tradicional arrastre de tablas, una mezcla de velocidad y adrenalina por sus empinadas calles.
Son poco más de las siete de la tarde y Dorian González Socas ya lleva "más de una hora" deslizándose por la calle de San Antonio. Tiene ocho años, pero la habilidad con la que se lanza por una de las calles más empinadas de Icod de los Vinos hace que parezca mayor. Es la calle más al oeste del municipio, una de las más conocidas para esta tradición, aunque parece que ya no es tan popular. Al adentrarse un poco más en el centro y respirar, se percibe un olor especial. Es el aroma a madera, casi quemada de tanto deslizarse una y otra vez... hasta el cansancio. Son las castañas y el vino. Es el San Andrés que embriaga los sentidos cada final de noviembre.
Una mezcla de velocidad, adrenalina y tradición inunda Icod de los Vinos la víspera de San Andrés. Eso sí, las tablas de San Andrés son una tradición pagana, no tienen nada que ver con la religión, aunque se celebren justo antes del día del santo.
Víctor Jiménez, de Icod de los Vinos, trae a su sobrino a deslizarse por la calle San Antonio. "Hace 25 años, esta calle y la Hércules estaban tan llenas como la de El Plano", dice, refiriéndose a la calle más popular, donde se reúne más gente y más personas se atreven a bajar. "Traigo a mi sobrino porque vive en La Laguna y no quiero que pierda la tradición", explica. Elige San Antonio porque casi no hay gente y es "buena para entrenar".
Los niños de la edad del sobrino de Jiménez se juntan en la calle Los Franceses, más conocida como la de Correos, que mide apenas 100 metros y está empedrada. Pero como casi todas las calles de Icod de los Vinos, tiene una buena cuesta. Un montón de niños y, sobre todo, niñas no paran de tirarse y de tocar el pito para avisar de que bajan. "¡Voy, voy, voy, voy!", es la frase que más se escucha durante estas jornadas. El que avisa no es traidor, porque si una tabla te golpea a esa velocidad, puede hacer mucho daño.
"Yo prefiero la calle El Plano", se oye decir a una voz aguda y fina, la de una niña pequeña. El futuro de esta tradición está asegurado. Más allá de Los Franceses, cualquier cuesta pequeña, empedrada o no, sirve para que los más jóvenes se lancen y manejen la tabla.
La calle El Plano es la joya de la corona del arrastre de las tablas de San Andrés en Icod de los Vinos. Cientos de personas se lanzan para chocar contra los neumáticos apilados. Verlo es como asistir a un partido de tenis, pero sin la vuelta. En apenas un segundo bajan a toda velocidad, y luego les toca subir caminando con la tabla a cuestas. Héctor Ramos Luis y Julio Rodríguez Miranda tienen muy claro que subir la cuesta es "mucho más duro que tirarse, pero las ganas hacen que se olvide el cansancio", se ríen. Llevan más de 25 años practicando esta tradición.
Son miembros de la peña Tea Negra. "Defendemos un San Andrés de madera. Nuestras tablas son de tea, pero sirven las de cualquier otra madera", anuncian. Lo cierto es que muchos de los que se deslizan añaden a la parte de abajo de sus tablas trozos de metacrilato u otros materiales para que resbalen mejor. Ramos y Rodríguez no llevan puesta la camiseta roja habitual de la peña: "Mañana – sábado 29 – salimos con el resto de la peña, pero hoy...", se miran cómplices y continúan: "no teníamos pensado deslizarnos, pero nos llegó el olorcito", confiesan. El aroma de la tabla caliente, de deslizarse por el asfalto, dispara la adrenalina. Es como la sensación de hambre que aparece con el olor de la comida casera.
"Cuando éramos pequeños, nos tirábamos desde septiembre", se excusan y explican que la falta de móviles e internet quizás los animaba a engancharse antes a la vertiginosa adrenalina del San Andrés de Icod de los Vinos. Despiertan la curiosidad e invitan a experimentar qué se siente al deslizarse por la calle El Plano. ¡Y allá va!
La pronunciada bajada se hace junto a la acera de la izquierda. Muchos acarician el muro bajo con la mano protegida con un guante de obra. Lo más importante: no sacar los pies de la tabla para frenar a mitad de la bajada. Llegar a las gomas requiere cierta habilidad: de lado, de frente, chocando fuerte o apenas rozándolas. Chocar de lado suele ser lo menos peligroso. Lo que realmente dispara la adrenalina es ver la calle llena de gente, los gritos de "¡vamos!" y, a mitad de camino, ¡un gran salto! El recorrido se detiene en el tiempo con la sensación de volar –aunque no es una alfombra mágica– y al volver a tocar el asfalto, lo más peligroso ya ha pasado.
Es un segundo en el que uno se entrega al riesgo. Es solo eso. Es velocidad, adrenalina y tradición. También es habilidad y experiencia. Es el arrastre de las tablas de San Andrés en Icod de los Vinos. No hay que intentar entenderlo, solo hay que vivirlo.