
Güímar celebra una nueva edición de Las Burras, referente cultural canario.
La representación de "Las Burras" en Güímar celebró anoche una nueva edición, consolidándose como un referente cultural singular del Carnaval de Tenerife al fusionar folclore local, leyendas de brujería y la eterna huida de sus burras-brujas.
La representación de "Las Burras" en Güímar, un evento que trasciende la mera festividad para erigirse como una manifestación cultural de profundo arraigo, celebró anoche una nueva edición, consolidando su estatus como un referente singular dentro del Carnaval de Tenerife y del archipiélago canario. Tal y como recoge la información disponible, este espectáculo, cuya génesis en 1992, ideada por Javier Eloy Campos, buscaba establecer un contrapunto a la hegemonía del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife en su época de mayor esplendor, ha logrado forjar una identidad propia basada en el folclore local y la participación comunitaria.
El montaje, dirigido por cuarto año consecutivo por Montse Placer y coordinado por Luis Marrero, se nutre de un tapiz narrativo que recupera el imaginario popular, con leyendas de hechicería, metamorfosis y supersticiones campesinas. Relatos de frailes desterrados, mujeres con la capacidad de transformarse en animales y apariciones imposibles, configuran un universo donde lo mágico y lo cotidiano se entrelazan, dando origen a la esencia de "Las Burras".
La procesión, que partió desde San Pedro Arriba, no persigue la espectacularidad fácil, sino la creación de una atmósfera envolvente. Figuras alegóricas que encarnan los pecados capitales, motoristas de la asociación Los Aguiluchos, catrinas, diablos, inquisidores y escupefuegos, acompañaron el descenso al ritmo de la batucada, utilizando los portales y sombras de siete casas del barrio como parte del escenario natural.
El clímax dramático se desarrolla en la plaza de San Pedro, frente a la iglesia. La narrativa se inicia con la aparición de campesinos que, tras un sacrificio simbólico de un cerdo negro, se disponen a labrar la tierra. La irrupción de las burras, inicialmente destinadas al trabajo, deriva en el descubrimiento de su naturaleza inquietante y, finalmente, en la revelación de que son brujas. La culminación dramática se materializa en un aquelarre, donde la pirotecnia y los efectos de llama, potenciados en esta edición, subrayan la irrupción del mal. La aparición del diablo, un instante de gran impacto visual y simbólico, encapsula la dicotomía central de la representación: la confrontación entre las fuerzas de la oscuridad y la luz.
La intervención eclesiástica, que este año incluyó la apertura de las puertas del templo, añade una nueva dimensión al relato. Un obispo y su séquito emergen para restaurar el orden, escenificando una lucha simbólica contra el mal que culmina con la captura de las burras, atadas a la sardina como parte de un castigo ritual. Sin embargo, la tradición, fiel a su espíritu cíclico, dicta que las burras siempre eluden su destino final, escapando para regresar en futuras ediciones.
La dirección, a cargo de Montse Placer, cuya trayectoria en el evento comenzó como participante antes de asumir la responsabilidad principal, subraya el valor del capital humano y la implicación comunitaria por encima de los medios técnicos, una perspectiva forjada desde su experiencia en la organización de eventos y su arraigo en la vida cultural local. Este ciclo ininterrumpido, que anoche vio a las burras eludir su captura una vez más, reafirma la naturaleza perenne de una tradición que, con el respaldo municipal, se erige como un referente singular en el calendario festivo de Canarias, mezclando ironía, religión, campo y carnaval en una metáfora que se renueva cada año.