El calor extremo en Canarias afecta gravemente a la salud mental y la capacidad cognitiva

El calor extremo en Canarias afecta gravemente a la salud mental y la capacidad cognitiva

Recurso: El Día

Un análisis de la neuropsicóloga Nayara Ortega advierte que las temperaturas extremas en Canarias afectan gravemente la salud mental y las funciones cognitivas de la población, exacerbando la irritabilidad y dificultando la regulación emocional.

La crisis climática que atraviesa el archipiélago canario ha puesto de relieve una dimensión a menudo ignorada en los protocolos de emergencia: el impacto directo de las temperaturas extremas sobre la salud mental y la estabilidad cognitiva. Tal y como recoge un reciente análisis de la psicóloga y neuropsicóloga Nayara Ortega, la sintomatología asociada a estos episodios térmicos trasciende el ámbito de la medicina física, afectando de manera crítica a la regulación emocional y al rendimiento intelectual de la población.

El fenómeno responde a un complejo mecanismo fisiológico. Ante el calor intenso, el hipotálamo prioriza la homeostasis térmica —mediante la sudoración y la vasodilatación—, lo que genera un desgaste metabólico que resta capacidad operativa a las funciones ejecutivas del cerebro. Este sobreesfuerzo, sumado a la degradación de la calidad del sueño, altera la comunicación entre la amígdala y la corteza prefrontal. El resultado es un incremento en la reactividad emocional, que se traduce en una mayor impulsividad, irritabilidad y una merma significativa en la capacidad de concentración y toma de decisiones.

La evidencia clínica respalda esta correlación, observándose un repunte en las atenciones hospitalarias por cuadros de ansiedad, depresión y conductas impulsivas durante los picos de calor. Es fundamental precisar, no obstante, que el factor climático actúa como un catalizador de estrés ambiental y no como un agente causal directo de patologías psiquiátricas. Sin embargo, para aquellos individuos que ya presentan cuadros de ansiedad, trastornos del estado de ánimo, demencia o enfermedades crónicas, el calor extremo actúa como un agravante severo. La vulnerabilidad se ve incrementada, además, por la interacción de ciertos fármacos psicotrópicos que interfieren con la termorregulación y la percepción de la sed.

El impacto no es uniforme y alcanza a grupos específicos con distinta intensidad. En el caso de la población infantil, cuyo desarrollo neurológico está en curso, el estrés térmico se manifiesta a menudo a través de una menor tolerancia a la frustración y conductas disruptivas, que no deben interpretarse como desafíos conductuales, sino como una respuesta biológica a la dificultad de autorregulación. Asimismo, la alteración de las rutinas diarias y el aislamiento social derivado de la necesidad de evitar la exposición solar contribuyen a un deterioro del bienestar psicológico general.

Ante este escenario, la recomendación de los expertos pasa por una adaptación pragmática de los hábitos cotidianos. La gestión de expectativas sobre el rendimiento personal, la priorización de la hidratación, la protección frente a la radiación solar y el ajuste de la actividad física a las horas de menor temperatura son medidas esenciales para mitigar estos efectos. La prevención, en última instancia, requiere un enfoque comunitario que ponga el foco en los colectivos más frágiles, como las personas mayores que viven solas, garantizando que el impacto de las altas temperaturas no se traduzca en una crisis de salud pública de mayor calado.