
Ficmec advierte sobre el impacto ambiental y el extractivismo detrás de la inteligencia artificial
El Festival Internacional de Cine Medioambiental de Canarias (Ficmec) advierte que el desarrollo de la inteligencia artificial perpetúa un modelo extractivista que compromete la sostenibilidad ambiental, la autonomía humana y depende de la explotación laboral invisible.
La actual carrera por el liderazgo en el desarrollo de la inteligencia artificial está ocultando una realidad material que trasciende el plano digital. Tal y como se ha puesto de manifiesto durante la duodécima edición del Festival Internacional de Cine Medioambiental de Canarias (Ficmec), y específicamente en su sección Jugando en verde, el despliegue de estas tecnologías no puede desvincularse de un modelo económico extractivista que compromete tanto la sostenibilidad ambiental como la autonomía humana.
La filósofa de la tecnología Eurídice Cabañes, coordinadora de este espacio de reflexión, advierte que el problema no reside exclusivamente en la eficiencia técnica de los algoritmos, sino en la estructura de poder que los sustenta. Bajo el actual paradigma, la toma de decisiones se desplaza desde el individuo hacia sistemas controlados por grandes corporaciones transnacionales, cuyos objetivos responden, de manera casi exclusiva, a la rentabilidad económica. Esta delegación de capacidades cognitivas y de memoria no es un fenómeno aislado, sino que se apoya en una infraestructura física —servidores y cables subacuáticos— que demanda un consumo masivo de recursos hídricos para refrigeración y una elevada huella de carbono, una problemática que proyectos como Tu nube seca mi río han comenzado a visibilizar.
El análisis presentado en el festival subraya que la etiqueta de "artificial" en la IA es, en gran medida, una construcción que invisibiliza el trabajo humano precario. Al igual que ocurrió con la explotación laboral en el sector de los videojuegos —donde trabajadores en China o Kenia han desempeñado tareas repetitivas bajo condiciones de extrema vulnerabilidad para alimentar mercados del norte global—, la inteligencia artificial depende de una vasta red de personas encargadas del entrenamiento de sistemas. A esto se suma el aprovechamiento de datos generados por usuarios de forma inadvertida; ejemplos como el uso de sistemas captcha para el entrenamiento de vehículos autónomos o la recolección de información geográfica a través de aplicaciones de realidad aumentada demuestran cómo el juego y la interacción cotidiana se han convertido en herramientas de extracción de datos a gran escala.
Frente a este escenario, la propuesta de Jugando en verde se aleja del fatalismo para abrazar lo que denominan una "pedagogía de la esperanza". La exploración de alternativas, como el uso de micelio de seta shiitake para la fabricación de componentes informáticos, plantea un cambio de paradigma: transitar desde una tecnología que agota los recursos del planeta hacia una que pueda ser cultivada y gestionada de forma descentralizada. En última instancia, el debate planteado por Cabañes invita a cuestionar si la inteligencia artificial debe seguir siendo un instrumento de dominación o si es posible reorientarla hacia el servicio de la vida, utilizando el pensamiento crítico y la capacidad subversiva del juego como herramientas para transformar, en lugar de simplemente habitar, el colapso actual.