
El Sauzal inaugura «Tengo una idea», una escultura viva que simboliza la evolución del aprendizaje
El municipio tinerfeño de El Sauzal ha inaugurado la escultura Tengo una idea, una obra viva del artista Julio Nieto que utiliza el crecimiento de una enredadera para simbolizar la naturaleza evolutiva y constante del aprendizaje humano.
La intersección entre el urbanismo, la pedagogía y la creación plástica ha encontrado un nuevo exponente en el municipio tinerfeño de El Sauzal. Tal y como recoge la información publicada recientemente sobre la última intervención del escultor Julio Nieto, la localidad ha inaugurado una pieza que trasciende la estática tradicional del monumento público para proponer un ejercicio de reflexión sobre la naturaleza evolutiva del conocimiento.
La obra, titulada Tengo una idea, fue instalada el pasado 28 de mayo en la plaza frente a la iglesia del barrio de Ravelo. Su emplazamiento no es casual: responde a una iniciativa del consistorio local, encabezado por Mariano Pérez, con el propósito de visibilizar el papel de la formación académica y la creatividad como ejes vertebradores del desarrollo social. Este simbolismo cobra especial relevancia en un entorno que conmemora hitos significativos de su red educativa, como el medio siglo de trayectoria del CEIP Ravelo, los 46 años del CEIP Samoga, y la consolidación de los institutos Sabino Berthelot y San Nicolás, con 34 y 28 años de servicio respectivamente.
Desde una perspectiva técnica, la propuesta de Nieto se aleja de la inmutabilidad del bronce o la piedra convencional. La estructura, compuesta por una base de hormigón que contiene tierra y una semilla, utiliza el hierro como soporte para una enredadera que, con el paso de las estaciones, configurará el cabello de la figura. Esta integración de materia orgánica implica que la obra carece de un estado final definido; su apariencia se verá alterada por el crecimiento biológico y la intervención del personal de mantenimiento, que asumirá un rol de colaborador necesario en la gestión de la poda y la dirección de las ramas.
El rostro, configurado a partir de fragmentos pétreos, apela a la construcción colectiva de la identidad y el pensamiento. Durante su presentación, la pieza destacó por romper la barrera de la distancia física que suele imponer el arte institucional, fomentando una interacción táctil con el público infantil. Este enfoque subraya una tesis fundamental: la educación, al igual que el proceso botánico que sustenta la escultura, no es un destino final, sino una secuencia ininterrumpida de etapas donde cada fase resulta indispensable para la emergencia de la siguiente. Con esta intervención, El Sauzal no solo incorpora un elemento ornamental a su espacio público, sino que institucionaliza un recordatorio sobre la naturaleza inacabada y siempre expansiva del aprendizaje humano.