Chinamada: Resistencia en el balcón de Anaga.

Chinamada: Resistencia en el balcón de Anaga.

Recurso: El Día

A pesar de su aislamiento y la tardía llegada de servicios, el caserío de Chinamada en Anaga mantiene viva su esencia gracias a la resiliencia de sus vecinos y atrae a senderistas con su encanto rural.

Chinamada es como un balcón que se asoma a Punta del Hidalgo desde el mirador de Aguaide. Allí termina la carretera, que llegó en 1991, y la luz eléctrica, que no se instaló hasta 2004. A pesar de vivir en un lugar tan apartado, este caserío de Anaga sobrevive porque sus vecinos, como ellos mismos dicen con orgullo, "nos buscamos la vida".

La tranquilidad de Chinamada atrae a muchos senderistas, la mayoría extranjeros, que cada día recorren este caserío situado al borde del parque rural. Es un punto de encuentro, ya que aquí se unen los caminos de Las Carboneras y El Batán, y desde aquí también se puede llegar a Punta del Hidalgo. Con este último lugar tienen un fuerte vínculo, porque "allí vive mucha gente que procede de aquí", explica Demófilo Díaz Rojas, presidente de la asociación de vecinos Aguaide.

Aunque Demófilo es de Las Mercedes, se casó con Carmen Rojas Ramos, que sí es de Chinamada, y desde entonces viven allí. Su casa está justo al lado del restaurante La Cueva, un lugar clave en el caserío donde se puede disfrutar de una buena carne de cabra y un escaldón que reconforta el cuerpo. Es perfecto para un día de diciembre, como el que nos tocó, con poco sol y lluvia intermitente. Demófilo Díaz, con su pelo canoso, transmite calma y serenidad. Su carácter tranquilo, como el propio barrio de La Laguna, y su discurso ordenado y sensato, repasan algunos de los momentos más importantes de la historia de Chinamada: la construcción de la iglesia por los propios vecinos a finales de los ochenta, la primera romería en honor a San Ramón Nonato en 1991, la llegada de la carretera ese mismo año, o la tardía instalación de la luz a principios de los 2000, que se retrasó porque pidieron que fuera soterrada.

La emoción le embarga al recordar estos momentos, los sacrificios que hicieron por el progreso del lugar. Son historias reales, no escritas en libros, sino vividas por la gente. Historias de Tella, de la tía Juana, que falleció hace poco con más de 100 años, y de los más de 70 vecinos que vivieron en Chinamada en otros tiempos y que hoy se han reducido a apenas una veintena.

Vivir en un lugar tan apartado te enseña muchas cosas: a hacer comunidad, a buscar y aprovechar los recursos, y a cuidar el patrimonio. "Nosotros no pedimos mucho, pero somos muy insistentes. No sé cuántas reuniones tenemos en el Ayuntamiento o donde sea para conseguir lo que queremos", cuenta el líder vecinal. Una de sus pocas demandas actuales es el transporte. Los autobuses no llegan hasta Chinamada, solo hasta Las Carboneras, el caserío anterior. Piden un servicio de microbús o transporte a demanda para los vecinos que no tienen coche y les cuesta salir de allí.

Este es el caso de Ignacia Ramos Ramos, de Chinamada de toda la vida. Vive en el caserío con uno de sus tres hijos. "Ese no se va de aquí. Le gusta el monte y a la que venga le tiene que gustar también", bromea al hablar de la posibilidad de que su hijo tenga pareja. La vecina llega con una bolsa donde guarda un termo de chocolate caliente. Dice que no tiene ningún secreto para su receta, pero asegura que le queda muy rico.

El padre de Ignacia era cabrero, un oficio que ya desapareció de Chinamada. "Antes había un montón de cabras, hacíamos queso. Pero ya eso se acabó", explica. Lo que sí se mantiene es el cultivo de la tierra. Tiene plantadas papas morrallas —una variedad local—, aunque la borrasca Emilia las estropeó. Pero tiene de otro tipo y, con alegría, afirma: "¡Tengo mi casa llena de papas!". Es una mujer vivaz y, a veces, su espontaneidad es tal que se frena a sí misma para no contar algo que no debe. Su conversación es siempre entretenida y arranca una sonrisa a quien la escucha. Es entrañable.

"Aquí somos muy fiesteros", dice Demófilo en una sala que es la prueba de que se reúnen a menudo y saben bien lo que es organizar una fiesta. Una larga mesa y dos bancos nos hacen imaginar los momentos compartidos en casa de Díaz y Rojas. Varios carteles y fotos de las fiestas en honor a San Ramón Nonato adornan las paredes, junto a herramientas del campo. "Dicen que si vienes a Chinamada, te quedas preñada", suelta Ignacia entre carcajadas. El santo se eligió porque en el caserío de Anaga había muchos hombres llamados Ramón, pero lo cierto es que es conocido por obrar milagros relacionados con embarazos, partos difíciles o la maternidad en general.

Cuando se eligió a San Ramón Nonato, se encargó la talla y se trajo por los senderos que llevan a Chinamada en 1991. "Se reunió muchísima gente para traer al santo y desde entonces hacemos una romería cada cinco años", recuerda Demófilo Díaz.

Que el único restaurante de Chinamada se llame La Cueva no es casualidad. Las casas cueva son la vivienda más tradicional del caserío, manteniendo una temperatura agradable tanto en frío como en calor. José Luis Febles Arzola dirige el establecimiento desde hace casi diez años. La especialidad es la carne de cabra, pero también se pueden probar otros platos típicos de la gastronomía canaria que los senderistas no dudan en pedir. "Entre semana tenemos muchos clientes extranjeros que vienen de las rutas. Los fines de semana sí que tenemos más clientela local", comenta.

El dueño de La Cueva se queja de los atascos que se forman en Anaga. "Nos perjudican mucho. La gente ve el tráfico en Cruz del Carmen, por ejemplo, y ya no sigue más lejos", lamenta. No saben lo que se pierden al no llegar a este rincón de Chinamada, donde los sabores preparados por Matilde, la esposa de José Luis, reconfortan el cuerpo y el alma.

Perderse en un lugar apartado puede ser un problema. Pero si te ocurre en un sitio como Chinamada, siempre habrá alguien que, con una sonrisa, te ayudará a levantarte.