
El IES Benito Pérez Armas, distinguido con el Premio a la Excelencia por su modelo de convivencia escolar
El IES Benito Pérez Armas ha sido galardonado con el Distintivo de Excelencia 2025 por la Consejería de Educación de Canarias gracias a su innovador modelo preventivo de convivencia y bienestar estudiantil.
La gestión de la convivencia en los centros educativos ha dejado de ser una cuestión meramente disciplinaria para convertirse en un pilar estratégico de la calidad pedagógica. Tal y como recoge el diario El Día, el IES Benito Pérez Armas ha sido distinguido recientemente por la Consejería de Educación del Gobierno de Canarias con uno de los Distintivos de Excelencia 2025, un reconocimiento que pone el foco en su modelo de bienestar y protección del alumnado. Este galardón, compartido con otros diez centros del archipiélago, subraya un cambio de paradigma: la transición de un modelo reactivo a uno preventivo y altamente estructurado.
La clave del éxito de este instituto, que cuenta con una comunidad de 620 estudiantes, reside en la creación de una red de seguridad interna que permite la detección precoz de situaciones de vulnerabilidad. Lejos de ocultar las dificultades inherentes a la convivencia escolar, la dirección del centro, encabezada por Esther Alonso, ha optado por la transparencia y la especialización. El sistema se articula mediante una estructura organizativa donde docentes de diversos perfiles actúan como nodos de información, apoyados por una figura central: el profesor referente por nivel educativo. Este engranaje permite que cualquier miembro de la comunidad —desde familias hasta el personal no docente— pueda activar protocolos de intervención mediante fichas de derivación, garantizando que cada caso reciba una respuesta personalizada.
El ecosistema de apoyo se completa con una red de recursos internos que incluye tutores con funciones específicas de seguimiento individualizado y programas de trabajo docente dedicados a la atención de necesidades particulares. A esta labor se suma la colaboración externa con entidades como Aldeas Infantiles, cuyos educadores sociales intervienen en el centro para ofrecer soporte psicológico y académico, incluso en casos de alumnos con medidas disciplinarias, evitando así la desconexión con el ritmo lectivo.
Uno de los elementos más disruptivos de este modelo es la implicación directa del alumnado a través de la figura de los «alumnos ayudantes». Un grupo de 27 estudiantes, identificables por su vestimenta, actúa como primera línea de escucha y mediación. Estos jóvenes, que reciben formación trimestral para profesionalizar su labor, no solo gestionan conflictos de convivencia, sino que también ofrecen apoyo académico a sus compañeros. Esta iniciativa, coordinada por Ruth Rodríguez —figura clave en la supervisión de protocolos de acoso y prevención de conductas de riesgo—, ha logrado transformar la cultura del centro, pasando de una etapa en la que el profesorado se sentía desbordado ante los problemas, a una realidad donde existe una respuesta institucional clara y coordinada.
Este modelo, que integra recreos activos y espacios de escucha, demuestra que la excelencia educativa en el siglo XXI no se mide únicamente por los resultados académicos, sino por la capacidad de las instituciones para construir entornos seguros donde el bienestar emocional sea el requisito previo para el aprendizaje.