
El bicentenario del temporal de San Florencio: un llamado a la resiliencia climática en Canarias
El segundo centenario del temporal de San Florencio de 1826 impulsa en Canarias un ciclo de jornadas científicas para analizar la resiliencia del archipiélago ante fenómenos climáticos extremos y mejorar la gestión de riesgos naturales.
La conmemoración del segundo centenario del temporal de San Florencio, que se cumple este 2026, no solo supone un ejercicio de memoria histórica, sino una oportunidad para reevaluar la resiliencia de Canarias ante eventos climáticos extremos. Tal y como recoge la Asociación Aluvión de 1826, este episodio, acaecido los días 7 y 8 de noviembre de 1826, constituye un hito fundamental para comprender la vulnerabilidad del archipiélago, un territorio donde la gestión de riesgos naturales ha sido históricamente una constante de supervivencia.
El impacto de aquel fenómeno meteorológico, caracterizado por precipitaciones que superaron los 500 litros por metro cuadrado y rachas de viento de hasta 150 kilómetros por hora, según las mediciones del naturalista Sabino Berthelot, desbordó la capacidad de respuesta de la sociedad de la época. La magnitud de la catástrofe, que incluyó el arrastre al mar de la imagen original de la Virgen de Candelaria y la destrucción de su ermita y el convento dominico, dejó un saldo de víctimas mortales que, aunque difícil de cuantificar con exactitud, se estima en varios centenares. Testimonios de la época, como los del polígrafo Alfred Diston, documentaron una mortalidad del 1,6% de la población en La Orotava, mientras que crónicas de Francisco María de León describen una transformación drástica de la orografía insular, con la apertura de nuevos barrancos y la devastación de infraestructuras y cultivos.
La relevancia de este suceso trascendió las fronteras del archipiélago, convirtiéndose en un tema de interés en la prensa internacional de Europa, América y otros puntos del globo, dada la posición estratégica de las islas en las rutas comerciales atlánticas. A pesar de la severidad del desastre, los historiadores señalan que el trauma no se consolidó en la memoria colectiva con la misma intensidad que otros eventos, como las erupciones volcánicas de 1730-1736 o 1824 en Lanzarote, debido a la normalización de la adversidad en un contexto marcado por hambrunas y epidemias recurrentes.
En la actualidad, la labor de la Asociación Aluvión de 1826 busca transformar este conocimiento histórico en una herramienta de prevención. Bajo la premisa de que el cambio climático podría intensificar la frecuencia de fenómenos de esta naturaleza, la entidad ha organizado un ciclo de jornadas científicas en La Laguna y Las Palmas de Gran Canaria para este otoño. El objetivo es aplicar el rigor científico al análisis de aquel aluvión, estableciendo paralelismos con desastres contemporáneos y subrayando la necesidad de una planificación territorial que contemple la fragilidad intrínseca del ecosistema canario frente a la fuerza de la naturaleza.