El abandono del campo en Canarias: una crisis estructural que agrava el riesgo de incendios forestales

El abandono del campo en Canarias: una crisis estructural que agrava el riesgo de incendios forestales

Recurso: El Día

El abandono del sector primario y la excesiva burocratización en Canarias están dejando el territorio desprotegido frente a los incendios forestales, al perderse la labor de vigilancia y mantenimiento que tradicionalmente realizaban agricultores y ganaderos.

La gestión del territorio en Canarias atraviesa una crisis estructural que trasciende la mera cuestión agrícola para convertirse en un desafío de seguridad pública frente a los incendios forestales. Tal y como recoge el testimonio de Wladimiro, un veterano conocedor del medio rural tinerfeño, la progresiva desaparición de la actividad primaria está dejando el paisaje desprotegido, una tesis que pone en entredicho la eficacia de las políticas actuales de prevención de incendios.

El análisis de esta problemática revela una desconexión creciente entre la normativa vigente y la realidad operativa del campo. Según se desprende de las reflexiones del experto, la administración ha trasladado una visión urbana a la gestión de los montes, imponiendo trabas burocráticas que dificultan labores tradicionales de mantenimiento, como la poda o la limpieza de vegetación. Esta rigidez administrativa, que a menudo prioriza la clasificación teórica de los espacios sobre el conocimiento empírico de quienes habitan el terreno, ha provocado que el relevo generacional sea prácticamente inexistente. La falta de incentivos y las dificultades para obtener permisos para explotaciones ganaderas —incluso en zonas donde el pastoreo podría actuar como cortafuegos natural— están acelerando el abandono de fincas, permitiendo que especies invasoras como el rabo de gato desplacen a cultivos históricos.

La situación se agrava por un fenómeno sociológico: la "urbanización" del medio rural. La llegada de nuevos residentes con hábitos ajenos a la vida campesina ha generado conflictos de convivencia con las actividades tradicionales, desde la ganadería hasta el manejo de fincas, lo que termina por desincentivar a los pocos jóvenes que intentan profesionalizarse en el sector. Este cambio cultural, sumado a la dependencia de productos importados que compiten en desigualdad de condiciones con la producción local —como ocurre con el sector de la papa—, ha debilitado la resiliencia del territorio.

La experiencia vivida por Wladimiro en el incendio de Redondo en 2007 sirve como advertencia sobre los riesgos de esta tendencia. La ausencia de campesinos, que históricamente actuaban como los primeros gestores y vigilantes del monte, obliga a una dependencia exclusiva de brigadas y funcionarios que, aunque necesarios, no pueden sustituir la presencia constante de quienes conocen los accesos y el comportamiento del fuego en cada barranco. La conclusión es clara: la protección del paisaje no puede limitarse a una visión romántica o contemplativa desde las ciudades. La sostenibilidad ambiental de las islas depende, en última instancia, de la capacidad de las instituciones para integrar a agricultores y ganaderos en la gestión activa del territorio, facilitando su labor en lugar de obstaculizarla con una burocracia ajena a la realidad rural.