La festividad de la Virgen de Copacabana consolida la identidad boliviana en Tenerife tras dos décadas

La festividad de la Virgen de Copacabana consolida la identidad boliviana en Tenerife tras dos décadas

Recurso: El Día

La festividad de la Virgen de Copacabana en el barrio tinerfeño de Ofra se ha consolidado tras más de dos décadas como un símbolo de cohesión social y preservación de la identidad cultural para la comunidad boliviana en la isla.

La integración de las comunidades migrantes en el tejido urbano de Tenerife encuentra en la festividad de la Virgen de Copacabana un caso de estudio sobre la preservación de la identidad cultural en la diáspora. Tal y como recoge la información publicada recientemente sobre los actos celebrados en el barrio de Ofra, esta conmemoración ha consolidado su relevancia social tras más de dos décadas de arraigo en la capital tinerfeña, funcionando como un mecanismo de cohesión para la población boliviana residente en la Isla.

El origen de esta tradición en el archipiélago se remonta a 2002, cuando un matrimonio de ciudadanos bolivianos, Paulino Juchani y Herminia Mamani, trasladó una imagen religiosa desde su país de origen hasta la parroquia de San Antonio de Pádua, en la zona de Las Retamas. Lo que comenzó como una iniciativa privada para mitigar la distancia geográfica con su lugar de procedencia, ha evolucionado hasta convertirse en un evento multitudinario que trasciende el ámbito estrictamente litúrgico. La procesión, que este año ha vuelto a recorrer las calles de Santa Cruz, sirve como punto de encuentro intergeneracional donde los descendientes de migrantes, muchos de ellos nacidos en España, mantienen el vínculo con las costumbres andinas.

El despliegue folclórico observado durante la jornada del sábado subraya la diversidad regional de Bolivia. A través de danzas como la morenada, los tinkus o la diablada —esta última caracterizada por una compleja simbología que fusiona elementos prehispánicos y católicos—, los participantes exhiben un patrimonio inmaterial que requiere una inversión significativa en indumentaria, con piezas que pueden alcanzar los 900 euros. Este esfuerzo organizativo, que involucra a diversas fraternidades, no solo busca el cumplimiento de un rito religioso, sino que actúa como una herramienta de pedagogía cultural abierta al resto de la ciudadanía.

La convivencia de este desfile con la cotidianidad de Ofra —interrumpiendo el tráfico de las líneas de transporte público y transitando junto a una amalgama de comercios de diversa índole— ilustra la realidad multicultural de los barrios periféricos de Santa Cruz. A pesar de las condiciones climatológicas, marcadas por una elevada exposición solar, la comunidad mantuvo el itinerario previsto, que culminó con celebraciones privadas en el municipio de Guamasa. Este fenómeno demuestra cómo las festividades importadas logran integrarse en el calendario local, transformando el espacio público en un escenario donde la nostalgia se convierte en un ejercicio activo de ciudadanía y memoria compartida.