
El aislamiento de La Fortaleza en Anaga reabre el debate sobre la preservación rural y el acceso a los caseríos históricos
La familia Cabrera reclama la mejora de los accesos al caserío de La Fortaleza, en el Parque Rural de Anaga, para preservar su patrimonio familiar frente a las restricciones ambientales que dificultan el mantenimiento de este enclave histórico.
El aislamiento de los núcleos rurales en el Parque Rural de Anaga vuelve a situarse en el centro del debate sobre la gestión del territorio y la preservación de la memoria histórica. Tal y como recoge una reciente crónica publicada por El Día, la familia Cabrera mantiene una lucha constante por preservar el acceso a La Fortaleza, un enclave que, pese a su valor etnográfico, se enfrenta a una progresiva deshumanización derivada de las estrictas normativas de protección ambiental y la falta de infraestructuras básicas.
La situación de este caserío, que llegó a albergar a medio centenar de residentes en décadas pasadas, ejemplifica la tensión entre la conservación del patrimonio natural y el derecho de los antiguos pobladores a mantener el vínculo con sus raíces. Nicolás, Inocencia y Julia Cabrera, junto a su prima Teresa —conocida como Icha—, representan la última generación que conserva una conexión directa con este asentamiento, donde la vida se organizaba en torno a la agricultura de subsistencia y el pastoreo, careciendo históricamente de servicios esenciales como suministro eléctrico, red de agua corriente o asistencia sanitaria.
El conflicto actual se centra en la accesibilidad. Los descendientes de las familias que habitaron las cuevas y viviendas de la ladera reclaman la prolongación de la pista forestal existente en unos 500 o 600 metros, una obra que permitiría salvar el tramo final del sendero que deben recorrer a pie. Según denuncian los afectados, el proyecto técnico llegó a redactarse y contó con financiación, pero la catalogación del área como espacio protegido ha bloqueado la ejecución de la segunda fase, dejando el acceso limitado a un camino abrupto que dificulta el relevo generacional.
Más allá de la reivindicación logística, el caso de La Fortaleza pone de relieve la fragilidad de la vida en las zonas altas de Anaga. Mientras que el único vecino permanente que permanece en la ladera, acompañado por su ganado, actúa como un testigo solitario del declive demográfico, los Cabrera intentan evitar que el olvido institucional termine por borrar los vestigios de una forma de vida marcada por el trueque y la autogestión. La vivienda de los abuelos, convertida hoy en un improvisado museo de aperos agrícolas, y las estructuras de piedra ancladas al talud, son los últimos testimonios de una comunidad que, tras el éxodo forzado por la precariedad económica hacia núcleos como Valleseco o Geneto, sigue reclamando su derecho a no ser expulsada definitivamente de su lugar de origen.