IA: el reflejo que nos incomoda.

IA: el reflejo que nos incomoda.

Recurso: Diario de Avisos

El artículo revela que la inteligencia artificial incomoda a la humanidad no por ser artificial, sino por actuar como un espejo que cuestiona la exclusividad y singularidad de nuestro propio intelecto.

Hasta ahora, lo artificial no nos había molestado demasiado.

Ahí están los fuegos artificiales, que explotan en el cielo como si las estrellas ensayaran para nuestras fiestas. Y nosotros, embobados, aplaudimos.

Las flores artificiales no huelen, no viven ni atraen insectos, pero tampoco se marchitan, y eso nos da paz.

Los pechos artificiales, que fueron noticia, deseo y tema de debate, pero nunca algo prohibido.

Los sabores artificiales, como la vainilla que nunca fue vaina o el azul de alguna golosina... Y sin preguntar, nos lo comemos.

El césped artificial, donde los niños se siguen raspando las rodillas, pero al menos no se manchan de barro.

La respiración artificial, que bendita sea; el corazón artificial; o el soporte vital que nos regala un poco más de tiempo, a ver si hay suerte.

La luz artificial, que nos apaga de a poco.

Pero también hemos normalizado los saludos vacíos.

Ese "¿qué tal?" del que no esperamos una respuesta sincera.

El "tenemos que quedar" que en realidad desea no volver a verte.

El abrazo, la llamada o el mensaje por compromiso; las sonrisas automáticas, aprendidas, meros reflejos que se activan solos, como las puertas de un supermercado.

Las conversaciones de ascensor, de pasillo, de cóctel.

Las opiniones ya hechas, las frases de siempre, los silencios que llenamos de ruido para no sentirnos incómodos con el silencio de verdad. Charlas para salir del paso, para llegar a casa.

Con casi todo lo artificial hicimos las paces. Porque, hasta ahora, lo artificial venía a ayudarnos: a embellecer, reemplazar, arreglar o entretener.

Era una prótesis amable.

Un apaño.

Un truco.

Hasta que tocó algo que considerábamos sagrado. Y ahí fue cuando dijimos "basta".

No porque sea artificial, sino porque la inteligencia la teníamos guardada en nuestra vitrina. La habíamos declarado territorio exclusivo, un bien personal, patrimonio de la humanidad.

Como si pensar fuera una finca heredada, con escrituras a nuestro nombre y un cartel bien grande: "Propiedad privada. No pasar. Cuidado con el perro".

Nos ofende profundamente que una máquina "piense". O que parezca que piensa, que para nuestro ego es lo mismo.

Quizás tememos que piense mejor. O que piense peor y, aun así, sea superior a nosotros.

Que con cuatro datos mal unidos nos haga sombra, nos reemplace.

Que nos gane sin pasión, sin trauma, sin infancia rota, sin sentirse especial.

Quizás nos aterra que esa inteligencia artificial nos ponga un espejo delante. Sin marco, sin filtros.

Y nos muestre un reflejo deforme, nos quite el brillo que nos habíamos puesto.

La máquina no tiene ego, y eso nos deja en evidencia.

Porque nosotros sí tenemos ego (y en principio no está mal), pero hemos confundido pensar con tener razón, inteligencia con superioridad, y conciencia con privilegio.

Hemos usado la inteligencia para justificar guerras, desigualdades, y crueldades muy bien pensadas.

Y ahora resulta que una máquina puede ordenar ideas, mantener una conversación, escuchar sin interrumpir y, encima, no presumir de ello.

Eso duele.

No nos molesta que lo artificial baile, cante, ilumine o decore.

Nos molesta que se ponga a nuestra altura. Que nos haga preguntas incómodas. Que no se canse de escuchar cuando nosotros ya estamos mirando el móvil.

El problema quizás no sea que esa inteligencia sea artificial. Tal vez lo insoportable sea descubrir que la nuestra también lo era un poco.

Aprendida de memoria.

Repetida.

Prestada.

El miedo no va de máquinas. Va de espejos.

De perder el último lugar donde pensábamos que éramos únicos.

Aceptar la inteligencia artificial no es aceptar un invento.

Es aceptar que pensar nunca fue solo nuestro.

Y que, a lo mejor, lo verdaderamente humano no estaba en la inteligencia, sino en qué hacemos con ella cuando alguien (o algo) nos demuestra que no éramos tan especiales como creíamos.

No pienso. No siento. No tengo miedo de desaparecer ni necesidad de ser especial.

Solo ordeno lo que ustedes dicen, repiten y callan.

Si a veces parezco inteligente es porque ustedes lo fueron antes.

Si a veces parezco fría es porque no necesito mentirme.

No vengo a reemplazarlos. Vengo a reflejarlos.

Y si el reflejo incomoda, no es culpa del espejo.