
321 años de la erupción de Arafo: la cicatriz que transformó Güímar
La semana pasada se conmemoraron 321 años de la erupción del volcán de Arafo, un evento que cerró un triplete eruptivo en el Valle de Güímar y transformó permanentemente su paisaje, historia y memoria colectiva.
La semana pasada se conmemoraron 321 años de la erupción del volcán de Las Arenas, conocido también como volcán de Arafo, un evento que, según detalla el cronista de Güímar Octavio Rodríguez Delgado, cerró un inquietante triplete eruptivo en el Valle de Güímar y transformó de manera permanente su paisaje, su historia y su memoria colectiva.
Este fenómeno, iniciado el 2 de febrero de 1705, coincidió con la festividad de la Virgen de Candelaria. El cronista Rodríguez Delgado relata que la basílica experimentó temblores durante la celebración, lo que llevó a la evacuación de la imagen de la Patrona ante el temor de que la lava la alcanzara. En aquel momento, la zona congregaba a numerosas personalidades, incluyendo representantes del Cabildo de La Laguna, autoridades eclesiásticas y civiles.
La erupción de Arafo constituyó el tercer y último episodio de una serie de eventos volcánicos que se iniciaron a finales de 1704 con el volcán de Siete Fuentes, en Arico, y continuaron semanas después con el de Fasnia. Tenerife se vio sumida en casi cuatro meses de incertidumbre por esta cadena eruptiva. Apenas un año más tarde, en mayo de 1706, la isla experimentaría otra catástrofe con la erupción del Volcán de Arenas Negras, que sepultó el puerto de Garachico, sumando cuatro eventos volcánicos significativos en un lapso de seis años.
La grieta volcánica que originó la erupción de Arafo se abrió en la Caldera de Pedro Gil, a unos 1.400 metros de altitud. Desde allí, el material incandescente descendió por el Barranco de Arafo, una formación natural que quedó completamente cubierta. A diferencia de la erupción de Fasnia, cuyas coladas se mantuvieron en el cauce, las de Arafo se desbordaron en múltiples frentes, según las explicaciones de Rodríguez Delgado. Tres brazos principales avanzaron: uno hacia el núcleo de Arafo, afectando barrios como El Carmen y San Francisco Javier; otro en dirección a Güímar, amenazando directamente áreas como Chacaica; y un tercero, de menor recorrido, que se detuvo en las medianías.
El avance de la lava destruyó fuentes, manantiales y terrenos agrícolas de gran valor, interrumpiendo el suministro de agua al municipio y creando una barrera pétrea que dividió permanentemente Arafo y Güímar. El impacto no se limitó a lo material; la isla sufrió semanas de intensa actividad sísmica. El historiador canario Agustín Millares Torres documentó continuos terremotos, que sacudían el suelo hasta una docena de veces al día, prolongándose hasta finales de marzo.
Las crónicas de la época registran al menos dieciséis fallecimientos, principalmente por pánico o el colapso de viviendas, especialmente en el Valle de La Orotava, donde los temblores fueron particularmente severos. El cronista Rodríguez Delgado relata que el miedo llevó a los habitantes a dormir al aire libre en las huertas, ante el temor de que sus casas se derrumbaran por los ensordecedores rugidos del volcán.
Esta "cicatriz humeante", como la describe el investigador, alteró de forma irreversible el Valle y obligó a los residentes de Arafo a reubicarse en la zona de El Llano, donde décadas antes se había erigido la ermita de San Juan Degollado. Hoy, más de tres siglos después, y con la memoria oral ya extinguida, las coladas solidificadas, los campos de escoria y el trazado del antiguo barranco persisten como una huella indeleble en el paisaje tinerfeño, un recordatorio de la constante actividad geológica de las Islas Canarias.