
San Florencio: El peor ciclón de la historia de Tenerife
Un estudio reciente confirma que la tormenta de San Florencio de 1826, un ciclón tropical, fue la peor catástrofe climática de Tenerife, causando al menos 300 muertos y una devastación sin precedentes.
Las inundaciones del 31 de marzo en Santa Cruz de Tenerife y la tormenta tropical Delta son, quizás, los desastres naturales más recordados por los habitantes de la isla. Ambos ocurrieron en este siglo y dejaron a la población impactada por su fuerza extrema, causando la pérdida de vidas y millones en daños materiales.
Aunque los datos meteorológicos confirman que fueron eventos notables, ninguno de ellos se acerca a ser la peor catástrofe climática que ha vivido Tenerife.
Ese triste récord lo ostenta la conocida como tormenta de San Florencio. Sucedió hace casi dos siglos, entre el 7 y el 8 de noviembre de 1826, y dejó media isla devastada y al menos 300 muertos. Aunque llovió en todo el Archipiélago, Tenerife fue la más afectada por lo que sigue siendo el peor aluvión de su historia.
Se han hecho muchas investigaciones sobre este evento, revisando relatos y documentos de la época para entender tanto las condiciones meteorológicas que lo causaron como sus verdaderos efectos en la isla.
Sobresalen los estudios de José Bethencourt-González y Pedro Dorta Antequera, dos expertos de la Universidad de La Laguna (ULL). Publicaron un artículo muy completo en una reconocida revista científica sueca, Geografiska annaler Series A- Phisical Geography, de la Universidad de Upsala.
Este estudio detalla los daños de la tormenta: las vidas perdidas, los destrozos materiales y la desolación. Además, corrige las cifras que durante años se manejaron sobre el suceso, basándose en documentos rigurosos. Los investigadores confirman que aquel fenómeno fue un auténtico ciclón tropical, el nivel más alto de las perturbaciones de este tipo.
En ese tiempo, las tormentas recibían el nombre del santo del día, por eso se le conoce como el huracán o tormenta de San Florencio. Aunque los datos oficiales hablan de 300 muertos, algunos documentos de la época sugieren que la cifra podría superar el millar. Por ejemplo, en Puerto de la Cruz se enterraron muchos cadáveres encontrados en el mar días después de las lluvias.
El canónigo don Francisco Martínez de Fuentes, en su obra "Vida Literaria", detalló las pérdidas en Tenerife: 261 personas, 1.080 cabezas de ganado, 344 casas, 16 puentes, 8 acueductos, 10 molinos, 3 castillos, 3 templos y 3 barcos grandes. Las pérdidas económicas totales superaron los siete millones de pesetas de entonces.
Las conclusiones del estudio son impactantes: las ráfagas de viento probablemente fueron más fuertes que las de la tormenta Delta en 2005. Las lluvias fueron descomunales, con más de 500 milímetros en pocas horas en algunos lugares y superando los 100 milímetros en un solo día en muchas zonas.
Las consecuencias fueron devastadoras. Solo en Tenerife, más de 600 casas quedaron destruidas. Los daños en los bosques, la agricultura y la ganadería fueron incalculables. Algunas áreas perdieron hasta el 30% de su suelo fértil, y miles de animales fueron arrastrados por la fuerza de los barrancos.
Pero lo más trágico fue la pérdida de vidas. Las crónicas de la época describen un horror inmenso, con "infinidad de muertos" y "cadáveres flotando" en los ríos desbordados. Según los investigadores, solo en Tenerife murieron al menos 298 personas, una cifra que podría crecer al sumar los datos de otras islas.
Octavio Rodríguez, cronista de la comarca de Güímar, ha escrito varios artículos sobre este aluvión, destacando su impacto en el municipio de Candelaria.
Candelaria fue el pueblo más golpeado. El aluvión destruyó parte del Convento dominico, la Capilla de la Virgen y el Castillo de San Pedro, arrastrando la antigua imagen de la Virgen de Candelaria, venerada desde la época guanche. En el castillo murieron ocho personas, entre ellas el cabo Pablo Benítez y su familia.
Curiosamente, siglos después se encontraron restos del castillo y cañones, algunos de los cuales se usaron para construir la Basílica actual. Esto mantiene viva la memoria de aquella noche trágica, como cuenta Octavio Rodríguez.
En el municipio de Güímar, siete personas perdieron la vida, sobre todo en las Dehesas de Agache y el barrio de La Hoya. También murieron 103 animales, como bueyes, yeguas, mulos, burros, cabras, ovejas y gallinas.
Decenas de casas sufrieron daños, y se perdieron higueras, otros frutales y viñedos. Las pérdidas económicas sumaron 196.476,33 pesos. Las obras de canalización del Barranco de Badajoz también quedaron muy afectadas, y la comunidad tuvo que unirse para reconstruirlas con aportaciones y trabajo.
En Arafo, los daños fueron menores que en Güímar. Se perdió ganado y algunos cultivos, y hubo una víctima mortal: Agustín Pérez Bencomo, arrastrado por el barranco de Añavingo.
En Granadilla de Abona, falleció José Fresneda, ahogado en un naufragio causado por el temporal. La iglesia parroquial sufrió graves daños, con paredes caídas y el suelo deteriorado, lo que paralizó la vida religiosa hasta su reconstrucción en 1828.
Los informes oficiales de la época indican que en La Orotava aparecieron al menos doce nuevos barrancos que arrasaron cultivos, arrastraron casas y cambiaron el paisaje del valle. En Puerto de la Cruz, más de 40 personas murieron, con cuerpos arrastrados hasta la playa y viviendas destruidas. En Los Realejos, nueve casas y un puente de piedra quedaron sepultados por el agua, y al menos 14 personas fallecieron.
Los barrancos de la sierra y los valles cercanos crecieron de manera extraordinaria, arrastrando piedras, árboles y campos de cultivo. La economía local sufrió un golpe durísimo: viñedos, huertas y ganado quedaron destruidos. Se calcula que se perdieron cientos de casas y miles de animales.